Colleen Atwood, diseñadora de vestuario

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Si Alicia se cae por un agujero, el espectador le acompaña sin dificultad gracias a la magia textil que crea Atwood.

Tras 30 años de tra­bajo en el cine, la diseñadora de vestuario Colleen Atwood es una de las gran­des. Tres veces ganadora del Os­car, al que ha aspirado en nueve oca­siones, sigue trabajando sin dormirse en los laureles.

Esta norteamericana de 63 años nacida en Wa­shington ha hecho un poco de todo. Se ha mo­vido desde el Japón de Memorias de una geisha has­ta el Londres de Sweeney Todd, pasando por el futuro distópico de Gattaca y el Oeste americano de Wyatt Earp.

Atwood hace trabajos muy interesantes incluso en pe­lículas deleznables como Sombras tenebrosas, de Tim Burton, un director que cuenta con Atwood de for­ma habitual desde hace muchos años. El último Os­car de la diseñadora fue por Alicia en el País de las Mara­villas.

Con este trabajo, la diseñadora ganó 7 importantes pre­mios. A pesar del bajón cinematográfico del gótico di­rector en los últimos años, Atwood no sólo está a la al­tura en cada una de las películas de Burton en las que ha trabajado, sino que su trabajo es con frecuencia lo mejor de la cinta.

Si Alicia se cae por un agujero y se adentra en el ma­ravilloso país, el espectador le acompaña sin dificultad en buena medida gracias a la magia textil que crea Atwood. La primera aparición de la pequeña Alicia en la pantalla es con un camisón inmaculado hasta los pies, la inocencia de la niña queda patente gracias a ese color y esas formas, en las que sólo se ve la cabe­za de la pequeña protagonista.

Los trajes de Alicia van pautando los cambios en la per­sonalidad del personaje, que se afianza y crece. De ni­ña a mujer, de la fiesta de pedida de la niña tímida a la joven que se come el mundo.

Con un cierto parecido visual a la transformación de la florista Eliza Doolittle, que ingresa en la alta sociedad en las carreras de Ascot que Cecil Beaton ideó pa­ra My fair lady, el cambio de Alicia se produce de ma­nera similar. En la fiesta de pedida de la protagonis­ta cada elemento parece estar medido dando lugar a un conjunto azul, de inocencia clínica blanca y de peinados victorianos sin pelos independizados. Un vesti­do azul pálido con encajes, con un cuello barco y unas man­gas farolillos de bebé cubriendo los hombros es la car­ta de presentación en sociedad del personaje que en­carna la magnética Mia Wasikowska. En los bajos de la falda, unos conejos bordados.

La joven protagonista persigue al conejo y deja atrás las flores blancas de un perfecto y cuidado jardín para en­contrarse con unas salvajes flores azules, transición per­fecta para dar paso a la nueva Alicia de hombros des­cubiertos y con melena suelta. Para esta primera pre­sentación del personaje, la diseñadora se inspiró di­rectamente en las ilustraciones de los dibujantes ingleses Arthur Rackham y John Tenniel, ilustradores de cuentos de los hermanos Grimm y de Carroll.

Transformación indumentaria

A diferencia de versiones cinematográficas precedentes, Atwood no encoge o ensancha prendas dependiendo del crecimiento de Alicia, transforma su in­dumentaria. Así como el Sombrerero, con ayuda de unas tijeras y un lazo, crea un palabra de honor perfecto para la reducida Alicia, la Reina Roja le da su pro­pio toque al vestuario de la protagonista, al igual que la Reina Blanca, que le proporciona una preciosa le­vita que hace conjunto con unos pantalones, propios de una joven más madura y segura de sí misma.

El atuendo de Johnny Depp nace de una idea audaz que se construye sobre una pequeña investigación histórica. En 1860 los sombreros de fieltro se trabajaban con mercurio, un material altamente tóxico. Los sombreros sufrían daños en el cabello y debajo de éste. De ahí el encrespado y anaranjado tono artificial del pelo del artesano. Atwood complementa con maestría el efec­to con un abrigo que cambia de color con el estado de ánimo del personaje de Depp. Todo ceñido con una ban­da hecha con carretes de hilos, tijeras, alfileteros y de­dales, fajines y lazos de colores vivos y llamativos que contribuyen al exotismo de una indumentaria disparatada. La levita marrón, envejecida y usada, se consiguió gracias a un proceso de quemado por capas que la propia diseñadora tuvo que investigar para lograr el efecto deseado.

La Reina Roja sufre una deformación de su cabeza, ha­ciéndola gigante. Para la “transición” que sufre del cuer­po a la cabeza se utilizó una gola de organza de se­da, lo que hizo que el cuello pareciera más grande. Bur­ton y Atwood trabajaron juntos para lograr ese efec­to antinatural, que define un personaje despótico e impredecible, con cintura de avispa. Los colores de la bandera francesa definen un reino cruel.

Para la creación de su hermana, la Reina Blanca, Atwood lo tuvo claro: “la Reina Blanca es la versión Beverly Hills de la Reina Roja”. Las dos reinas tienen en co­mún las capas superpuestas de telas, sin embargo en el personaje que encarna Anne Hathaway, la presencia de pequeños copos de nieve serigrafiados la ha­cen refulgir, con destellos constantes.

El crecimiento de esta diseñadora se muestra en ca­da uno de sus trabajos. Son muchos mundos y muchos per­sonajes los que ha tenido que crear a través de sus tra­jes, y su experiencia le ayuda a no estancarse. Alicia en el País de las Maravillas es un claro ejemplo de ello, en la que el vestuario es uno de los elementos que más des­taca del filme, ayudando a la narración y fortaleciendo la historia.

Atwood vuelve a trabajar con Burton y el mutuo co­nocimiento da lugar a un estilismo que, siendo neta­men­te burtoniano, reserva al espectador más de una sor­presa. Algo muy coherente con una película en la que lo que sale de la chistera tiene que despertar la ad­miración del espectador.

Mar López