¡Qué noche la de aquel día!
¡Qué noche la de aquel día!

Cómo se hizo ¡Qué noche la de aquel día! (1964): los Beatles ante la cámara de Richard Lester

Un calendario imposible, un tren perseguido por admiradores y cuatro músicos que, sin proponérselo, cambiaron también la manera de filmar canciones.

Al comienzo de 1964, los Beatles corrían más que casi nadie en el mundo de la música. Sus admiradores, a veces, corrían todavía más. Acababan de triunfar en Estados Unidos y United Artists quería aprovechar el momento con una película que ayudara, además, a vender discos. Había que rodarla y estrenarla antes de que aquella fiebre, que algunos consideraban pasajera, se enfriase. El proyecto parecía tener todos los ingredientes de una operación comercial de usar y tirar. Pero el productor Walter Shenson, el director Richard Lester y el guionista Alun Owen hicieron algo bastante menos previsible: una comedia que convirtió las prisas, los gritos y la personalidad de los cuatro músicos en materia cinematográfica.

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Una película contra el reloj

El acuerdo para llevar al grupo al cine se había gestado en 1963. El presupuesto era modesto y los compromisos de los Beatles dejaban poco margen para repetir tomas o alargar el calendario. En vez de inventarles una historia romántica y obligarlos a detenerse cada pocos minutos para cantar, se decidió seguirlos durante una jornada ficticia de trenes, hoteles, ruedas de prensa y ensayos que culminaría en un concierto televisado. Aquello se parecía mucho a la vida que llevaban. Con una diferencia: en la película podían escaparse de sus guardianes de vez en cuando.

Los músicos habían visto The Running Jumping & Standing Still Film, el corto de Lester con Peter Sellers y Spike Milligan, y les había gustado su humor disparatado. Shenson encontró en él a un director capaz de entender que tenían más gracia comportándose como ellos mismos que actuando como estrellas de un musical convencional. Lester, formado en la televisión y la comedia visual, aceptó el reto. Quedaba el problema de conseguir que cuatro de las personas más reconocibles del planeta trabajaran en la calle.

Alun Owen pasó tiempo con la banda antes de escribir el guion. Escuchó su manera de bromear, de interrumpirse y de responder a las preguntas más tontas de los periodistas. Después acentuó ciertos rasgos para que el espectador distinguiera enseguida a John, Paul, George y Ringo. La naturalidad que se ve en pantalla no nació, sin embargo, de dejar las cámaras encendidas y esperar. Lester recordaba que apenas se improvisaron diálogos; la rueda de prensa fue una de las pocas escenas en las que los Beatles pudieron soltarse algo más. El truco consistía en escribir frases que parecieran salidas de sus bocas.

Paul McCartney, Walter Shenson y Richard Lester durante el rodaje de ¡Qué noche la de aquel día!
Paul McCartney, Walter Shenson y Richard Lester durante el rodaje de ¡Qué noche la de aquel día!

El rodaje comenzó el 2 de marzo de 1964 en la estación londinense de Paddington. Lester alquiló un tren y lo hizo circular varios días de ida y vuelta. Al terminar, los Beatles bajaban fuera de Londres para eludir a los admiradores. No siempre bastaba. En una entrevista facilitada años después por Miramax International, el director recordaba que, al concluir el primer día, un miembro del equipo salió con las latas de película recién rodada. Tenía el mismo peinado que el grupo. Unos jóvenes lo persiguieron, echó a correr y parte de los negativos acabó junto a las vías. Según Lester, perdieron así la mitad de lo filmado aquel día. No era la mejor forma de empezar una producción con tanta prisa.

El tren no fue el único escenario real. Lester filmó en calles, estaciones y estudios de televisión, combinando esos espacios con el trabajo en Twickenham. En Marylebone se rodaron las imágenes de la persecución inicial. La cámara del director de fotografía Gilbert Taylor seguía a los músicos o los perdía entre la gente. Esa apariencia de documental servía para contar una ficción: el espectador sentía el asedio a la misma velocidad que los protagonistas.

Owen y Lester encontraron un papel distinto para cada uno sin convertirlos en personajes ajenos a su manera de ser. John aportaba las respuestas más afiladas y una resistencia casi instintiva ante la autoridad. Paul se mostraba dispuesto a entrar en el juego de la interpretación. George, más seco, encontraba la medida justa. Lester llegó a considerarlo el mejor actor de los cuatro porque nunca parecía esforzarse demasiado; basta recordar su encuentro con un ejecutivo publicitario que presume de saber lo que quieren los jóvenes y no entiende una sola palabra de lo que le dice.

Ringo, por su parte, encontraba en su paseo solitario una veta cómica algo melancólica. Había sido el último en incorporarse al grupo y Lester pensaba que resultaba fácil presentarlo como el que quedaba un poco atrás, aunque su batería mantuviese unidos a los demás. Su aire distraído permite que la película baje por un momento el volumen de la histeria colectiva. No es una pausa decorativa: cuando se separa de los otros, se ve mejor cuánto depende la película de la química entre los cuatro.

 

¡Qué noche la de aquel día!
¡Qué noche la de aquel día!

La música empieza a moverse

La gran apuesta de Lester estaba en las canciones. Podía limitarse a colocar a los Beatles ante una cámara y dejar que tocaran. En su lugar, probó ángulos inesperados, montaje rápido y cambios de velocidad. Durante Can’t Buy Me Love, los músicos escapan al aire libre y la película parece escapar con ellos: corren, saltan y juegan, mientras la canción impulsa las imágenes. El blanco y negro, impuesto en parte por el presupuesto y por la rapidez de producción, acabó reforzando esa impresión de crónica inmediata.

Lester contaba que solía emplear tres cámaras para las secuencias musicales y que en el concierto final utilizó seis: unas sobre el escenario, otras detrás de los Beatles y otras entre el público. Había que recoger tanto la actuación como las caras y los gritos de quienes la presenciaban. La música no quedaba aislada del fenómeno social que la rodeaba. El concierto era, al mismo tiempo, espectáculo y retrato de la beatlemanía.

El título llegó cuando el trabajo ya estaba en marcha, a partir de una ocurrencia de Ringo. John Lennon y Paul McCartney escribieron entonces la canción que faltaba para una película que ya tenía nombre. La grabaron el 16 de abril. Los últimos planos se rodaron el 24 de ese mes, y el estreno londinense tuvo lugar el 6 de julio de 1964. Entre el inicio del rodaje y la presentación al público habían pasado poco más de cuatro meses. Los Beatles volvieron a encontrarse con una multitud, esta vez a las puertas del cine.

¡Qué noche la de aquel día! obtuvo dos nominaciones al Oscar, para el guion de Owen y la adaptación musical de George Martin. Con los años se convirtió también en una referencia para filmar música popular, aunque sería exagerado atribuir a una sola película la invención del videoclip. Lester había logrado algo más difícil que seguir una moda: encontrar una forma visual para la velocidad de aquellos cuatro músicos. En la entrevista de archivo que conserva FilaSiete, reconocía que los Beatles le habían dado una carrera cinematográfica. Vista la película, quizá lo justo sea añadir que él les dio una magnífica entrada en el cine.


Fuentes de documentación: dossier de prensa de Miramax International facilitado a FilaSiete; archivo del British Film Institute sobre la producción; British Film Institute sobre la puesta en escena musical; cronología oficial de los Beatles; Academia de Hollywood: premios de 1965. Véase también la crítica de FilaSiete.

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