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Los Juegos del Hambre

Gary Ross (Seabiscuit) lleva a las pantallas el fenómeno editorial creado por Suzanne Collins. ***

The Hunger Games, 2012 País: EE.UU. Dirección: Gary Ross Guión: G. Ross, Suzanne Collins, Billy Ray Fotografía: Tom Stern Montaje: Stephen Mirrione, Juliette Welfling Música: James Newton Howard Intérpretes: Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Liam Hemsworth, Elizabeth Banks, Woody Harrelson, Wes Bentley, Donald Sutherland, Stanley Tucci 142 m. +16 años (violencia, temática) Distribuidora: Warner Estreno: 20.4.2012

Hay vida después de Crepúsculo

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Reconozco que hasta hace unas semanas nun­ca había oído hablar de esta saga que, a mis espaldas y, ya digo, sin mi conocimien­to, ha vendido 2’5 millones de ejempla­­res en 47 países. Pero desde hace unas se­ma­nas, no se oye hablar de otra cosa: el es­tre­no del primer capítulo de esta trilogía pa­­ra jóvenes que ha conseguido encaramarse a lo alto de la taquilla americana y crear una especie de fiebre adolescente que, hasta ahora, solo habían provocado magos y vam­piros.

Sirva esta introducción para explicar que mi estado de ánimo al enfrentarme a la pelí­cula no era precisamente “a favor”, al fin y al cabo, se trataba de ver la cinta heredera de Crepúsculo. Y, sin embargo, reconozco que, hasta prácticamente el último tercio, don­de la cinta se desinfla un poco (entre otras cosas porque se le ven los hilvanes que preparan la se­cuela), no despegué la vis­ta de la pantalla.

El argumento de Los Juegos del Hambre es tan oscuro como brutal y amenazadoramen­te cercano. Una competición televisada en­tre 24 adolescentes en el que sólo puede so­brevivir uno de ellos. Unos juegos que conec­tan con lo más turbio de la naturaleza hu­mana: el afán de poder y dominio, la codi­cia, la fascinación que puede producir la vio­lencia, la curiosidad que despierta la explo­tación del morbo. Todo muy bajo, muy ruin, muy primario, pero también muy reco­nocible.

En la historia -y en la estética del film- con­fluyen desde los macabros juegos neronia­nos hasta los actuales realities pasando por El señor de las moscas, de Golding. Pe­ro hay también contrapunto en forma de va­lentía, amistad y amor. Sin estas tres breves, pero intensas, subtramas (una de ellas más larga pero tratada de forma equívoca por­que, lo dicho, deja el desarrollo para la se­cuela) la película se vendría abajo.

Como probablemente se vendría abajo sin la interpretación de Jennifer Lawrence (aque­lla debutante que tuvo que presentarse sin peinar para que le dieran el papel pro­tagonista en Winter’s bone) y el apoyo de unos secundarios de lujo.

En la parte técnica una de cal y otra de are­na. No se entiende la decisión de rodar y montar cada una de las peleas como si fue­ra un videoclip psicodélico (aunque quizás lo que se busca es precisamente conectar con ese público afín al videojuego). En­tre los méritos, la potente banda sonora de New­ton Howard. Nunca un tan indisimulado empeño en subrayar con la música que es­tamos ante una película grande, ante un es­pectáculo, le ha sentado tan bien a una his­toria.

Ana Sánchez de la Nieta