Ronin

Ronin, acción contínua

Cuando se acabó la guerra fría, muchos agentes de los servicios secretos de las grandes potencias que se ganaban el pan y la sal fotografiando documentos privados, cotilleando en despachos hasta debajo de la alfombra, y desequilibrando como buenamente podían el orden mundial, pasaron a engrosar las listas del paro como cualquier otro mortal.
La película hace una comparación entre estos espías de desecho y los ronin, antiguos guerreros samurais japonenes que al morir su señor luchaban como mercenarios bajo la mano de quienes los quisieran contratar, Así, en Ronin, un grupo de ex-agentes son reclutados en París para realizar un trabajo que, como suele suceder en estos casos, se complicará, viéndose envueltos en la persecución de un misterioso maletín que les llevará de un lado a otro de Francia.
La película tarda un poco en arrancar, empantanándose en exceso en la presentación de los personajes y en la preparación y realización del primer trabajo. Pero poco a poco va tomando ritmo y continúa con buen pulso hasta el final.
Robert de Niro está sobrio y rocoso en su papel de un antiguo espía, sin pizca de glamour, muy alejado del tipo James Bond, un hombre que no sabe hacer otra cosa en su vida que conspirar.
Ronin es la clásica película en la que el espectador se ve sobrepasado por las situaciones, y va perdido detrás de una trama que no termina de entender la forma de actuar de los personajes. Pero esa sensación viene contrastada por la buena factura de la cinta, por las magníficas persecuciones en coche por las calles de París, así como los logrados momentos de tensión.
El director, John Frankenheimer, muestra su oficio, un superviviente de Hollywood con obras tan destacadas a sus espaldas como El hombre de Alcatraz con un inolvidable Burt Lancaster.

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