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Temporada de patos


Dirección y Guión: Fernando Eimbcke Fotografía: Alexis Zabé Montaje: Mariana Rodríguez Música: Alejandro Rosso Dir. Artística: Diana Quiroz Vestuario: Lissi de la Concha Intérpretes: Daniel Miranda, Diego Cataño, Danny Perea, Enrique Arreola Distribuidora: Sherlock

México, 2004. Estreno en España: 14.01.2005

Bandada de soledades

Esta película -pequeña por su mínimo costo- ha empezado a obtener golpecitos en la espalda: Mejor Película y otros 6 Premios en Guadalajara (México), el FIPRESCI y el JVC, todo en el 2004, y ese mismo año estuvo presente en la Semana de la Crítica en Cannes, Selección Oficial en Toronto, y está seleccionada también para los Premios Goya. Veremos lo que pasa. Ella ya ha hecho todo lo que tenía que hacer. Du­­ra ochenta y cinco minutos y, a pesar de ser un poquitito más corta de “lo estipulado”, hay momentitos (lo digo así por ser amable, y porque es mexicana) en que le puede resultar a usted un poco pesada, pero no más que eso, y poco. Ya está dicho todo lo negativo que no debía callarme. Eso es debido al ensimismamiento de una primera obra: al autor le resulta muy difícil cortarle un dedito a su criatura, o dos.

Fernando, el guionista y director, al que habrá que preguntar cómo se pronuncia su apellido –Eimbcke-, es una persona joven (no precisa sus años) que sólo había realizado varios cortometrajes y vídeos musicales, con premios y reconocimientos internacionales. Y este es su primer largometraje. Tiene la gran virtud, entre otras, de desarrollarse sin prisa ni nerviosismo -aunque la haya realizado en un mes-, con seguridad creadora, con la convicción de estar haciendo lo que se quiere, y de que eso que se quiere es bueno (esta actitud lleva consigo que le importe un rábano del espectador, por eso mismo, porque le importa mucho, y quiere darle una cosa buena, y la ha dado).

Un domingo de verano en una gran ciudad, en no sé qué alto piso de un altísimo inmueble. La mamá se marcha repitiendo -neurótica y obsesiva- los encargos a su hijo Flama, que se quedará en casa con su amigo Moko. Dos adolescentes. Usan el videojuego, y pronto se va la luz. Los cortes de luz juegan también un papel en el desarrollo de la “acción” en el apartamento. Llamado, viene Ulises, el pizzero (tal vez no se deba decir así), con una pizza, y se queda; ya no tiene edad para seguir siendo pizzero, pero… Y viene sin ser llamada Rita, una vecina, otra adolescente, y también se queda. Todo el día de domingo, largo, hasta bien entrada la noche, están juntos los cuatro solitarios, haciéndose compañía como hacen los patos en bandada (uno de ellos explica cómo hacen los patos).

Temporada de patos -dirección y guión- es una película clásica, en el sentido de normal: tiene mucho apoyo en los diálogos, en lo que se cuentan ellos, en lo que les sucede, aunque suceso y diálogo sean del género mínimo cotidiano. Hay también algún juego de imagen, expresiva por sí misma. Y desde luego hay un ágil tratamiento del espacio -limitado-, lleno de inventiva en los cambios y en los encuadres. Pero sobre toda esa indudable variedad -a veces sorprende-, lo que pesa es la presentación valiosa de estas cuatro vidas, o de sus situaciones vitales sólo temporales.

Hay poesía verdadera, es decir, lenguaje no racionalizado. Y eso arrastra la sugerencia, la hondura en la mirada a las personas, y hay ternura, la buena, la que surge de una fuente honda de amor.

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