Alexandre Astier, director de Astérix: El secreto de la poción mágica

“Respeto mucho a Astérix, por eso esta película, aunque proponga una historia original, se basa en el personaje que todos conocemos desde niños”

¿Qué le atrajo de esta segunda entrega de las aventuras de Astérix?

Alexandre Astier/ Que me permitieran proponer una historia original. Tras la primera entrega, Astérix: La residencia de los dioses, que era una adaptación, me preguntaba cuál sería el siguiente paso, y fue el de proponer una historia original. Pensaba que me lo rechazarían. Me decía a mí mismo: «De todos modos, no lo voy a hacer». Pues no fue así. Así que ahí lo tenéis.

¿Tuvo que enfrentarse a amargos debates o negociaciones para obtener ese permiso?

A. A./ No, fue todo bastante edulcorado. Es un asunto un poco espinoso porque trata de cosas que Astérix no siempre aborda. Astérix no tiene futuro. La licencia de Astérix está fija en el tiempo, es eterna. La aldea resiste, los romanos atacan y la poción mágica está a salvo. Las aventuras tienen lugar dentro de esas premisas. La cuestión de qué ocurrirá si Panorámix ya no puede preparar la poción no había sido abordada, y yo sabía que eso sería difícil pues no basta con tener una idea. Hay que demostrar que se sigue respetando la licencia de Astérix y que no se pisotea la base construida durante tanto tiempo. Eso no ha provocado debates amargos, ha provocado debates en los que era necesario transmitir tranquilidad. Era necesario que la presentación de prueba no creara pánico.

¿Cómo se construyó la historia?

A. A./ Estaba construida desde el principio, en líneas generales. Después hubo limitaciones por la duración de la película, que no es muy elevada, de unos 80 minutos. En la fase de guion no se ve claro porque aún faltan algunas cosas. Eso se hace para profundizar, pero es un poco complejo. La historia no se construyó, estaba ya ahí. Después hubo que elaborarla con Louis [Clichy].

¿Cómo consigue aportar su propio toque, su propio estilo, aun preservando el espíritu y el lenguaje de Astérix?

A. A./ No poseo una técnica especial para respetar las cosas. No haría esto si no respetara ya a Astérix. Y por ello mi deseo natural de contar una historia de este personaje no me conduce a ser iconoclasta. No siento un especial placer en maltratar cosas. Ese no es mi estilo y no me interesa mucho. No tengo nada que renovar. Al contrario, me encanta recurrir a aquello que me gusta de Astérix desde que era pequeño y que siempre me ha gustado. Ahora bien, ¿cómo ser uno mismo? No puedo ser otra persona. Cuando escribo, soy yo, y eso se aprecia. Y no creo que una cosa no encaje con la otra. No me preocupo, de hecho. Hago mi trabajo y lo normal es que, sin que me suponga esfuerzo, lo haga con el respeto necesario.

Astérix: El secreto de la poción mágicaSiempre se dice que una segunda entrega ha de ser más grande, más potente, más explosiva. ¿Ha sido este el caso?

A. A./ Sí, hay algo de eso. ¡Por fin algo de movimiento! Astérix: La residencia de los dioses es una obra a puerta cerrada, todo se desarrolla junto a la aldea, siendo César el que viene a construir sus edificios a los pies de la misma. Ahora lo que tenemos es una aventura que lleva a nuestros héroes a buscar un candidato por toda la Galia. Ya hay un elemento de periplo.

Ello amplía el universo con respecto a la anterior película. Además, creo que la animación es un poco más hermosa, puesto que hemos dado pasos aunque solo sea en cuestión de técnica. Pero al mismo tiempo es una segunda parte. Hay cosas que hemos retomado y creo que la animación -y esto es algo que no se debe a mí, por lo que no presumo de nada- ha dado un pequeño paso en lo que se refiere a calidad.

Ha creado un nuevo villano, Malefix. ¿Qué ha de tener un buen villano?

A. A./ Yo soy de los que dicen: «Si el villano está logrado, la película está lograda». Siempre he preferido a los villanos. Soy de los que prefieren interpretar a villanos, incluso desde que era pequeño.

¿Qué hace de Malefix un gran villano?

A. A./ Normalmente, en Astérix, los villanos suelen ser grotescos. Por ejemplo, en Astérix: La cizaña teníamos a esa especie de hombrecillo enano. Es un villano porque es capaz de llevar a los héroes de Astérix a su perdición. Sin duda es un auténtico villano. Pero tiene algo de ridículo, podemos mofarnos de él. El adivino de Astérix: El adivino, por poner otro ejemplo, hace su entrada de forma espectacular pero, al cabo de algunas páginas, nos damos cuenta de que es un auténtico charlatán, por lo que nos puede hacer gracia. En Astérix: El secreto de la poción mágica, el villano me animó a hacer la película. Porque es realmente peligroso, realmente inteligente. Es un improvisador; está un poco trastornado, pero es él quien me dio ganas de hacer la película.

¿Prefiere escribir las partes de los galos o las de los romanos?

A. A./ (Risas) No soy capaz de razonar en esos términos. A mí me gusta escribir para actores, y solo puedo escribir si sé para quién lo hago. Y tanto si son galos como si son romanos se trata de personas para las que disfruto mucho escribiendo.

¿De dónde procede esa imaginación para los nombres de los personajes? Estoy pensando en Tomcrús.

A. A./ ¡Ah! Ese fue idea mía. Es extraño porque no me gustan los juegos de palabras. Hay que estar siempre buscando un nombre que sea bueno y yo no tengo ese tipo de humor. Pero nos preguntábamos todo el rato: «¿Cómo se llama? ¡Tenemos que saber cómo se llama!» Soy muy malo para eso pero ese nombre se me ocurrió a mí. No sé de dónde vino… Para los romanos, debe terminar en «ous» o en «us», o en «ouche» o en «ouch». Hay montones de fórmulas como esas. Tengo un diccionario de rimas pero Tomcrús obviamente no aparecía. No sé de donde salió. No me disgusta.

Astérix: El secreto de la poción mágica¿Tiene alguna frase o algún chiste preferido en esta segunda entrega?

A. A./ Me quedo con una frase del villano. Malefix llega al bosque de los Carnutos y empieza a meterse con todo el mundo. Es un druida al que han vetado el acceso desde hace una década, y reaparece así, sin que sepamos cómo. Les dice al resto: «Yo, si hubiera estado en posesión de un poderío semejante -refiriéndose a la poción mágica– no la habría guardado para 40 palurdos con bigote, habría detenido todas las guerras del mundo». Me gusta mucho lo que esto plantea al público. No es un chiste, pero me encantaría que el espectador se dijera: «Pues tiene razón. ¿Cómo es posible que la poción no proteja más que a 40 tíos?» Si el público se hace justo esa pregunta, habré quedado satisfecho conmigo mismo.

Un largometraje de animación supone cuatro o cinco años de una vida. ¿Cómo conserva la energía y las ganas necesarias para llegar hasta el final de un proyecto semejante y no desanimarse?

A. A./ Soy muy exigente con aquello que lleva mi firma. Cuando una cosa no va bien, hay algo natural en mí que evita que lo deje pasar. Louis Clichy también es así. Cuando tengo una música en la cabeza, quiero que sea ésa. Con Clichy, conseguimos tener ambos la misma música. En una película de animación, las ideas son muy frescas al principio, son emocionantes. La elaboración de una película animada, además, es muy minuciosa, muy larga, y va por piezas pequeñas.

Más allá de la grabación con los actores, que se percibe al oído, la imagen, la bella imagen llega muy tarde. La imagen en pantalla es frustrante durante mucho tiempo. En cualquier película el resultado tarda en llegar, pero en la animación es algo frustrante y un poco tedioso durante un largo tiempo. Hay que tener las ideas bien establecidas hasta el final, puesto que es necesario plasmarlas. Tiene que cobrar vida, y tarda en cobrar vida. Es necesario ser un poco maniático.

¿Cómo se dividió el trabajo con Louis Clichy?

A. A./ Básicamente yo me encargo del guion y la dirección actoral, y él de la animación y la puesta en escena. Solo que yo tengo un pie en la puesta en escena y él tiene un pie en el guion. Así que discutimos. Pero a mí me encanta discutir con Clichy, ya me he acostumbrado de todas formas [risas].

Fuente: Vértice Cine