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La hora de la araña

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País: EE.UU. Dirección: Lee Tamahori Guión: Marc Moss Fotografía: Matthew F. Leonetti Montaje: Neil Travis Música: Jerry Goldsmith Vestuario: Sanja Milkovic Hays Intérpretes: Morgan Freeman, Monica Potter, Michael Wincott, Penelope Ann Miller

Estreno EE.UU.: 6 de abril de 2001

Misterio sin sustancia

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Morgan Freeman le ha cogido el gusto a interpretar a detectives- psicólogos. No cabe duda de ello viendo su última filmografía: Seven, El coleccionista de amantes, etc., mostraban a un Freemanencargado de averiguar la personalidad del asesino de turno para poder dar con él, algo semejante a lo que ocurre en este filme (en el que interpreta al mismo personaje que en El coleccionista…, el detective-psicólogo Alex Cox).

Tras una accidentada investigación en la que muere su compañera, Alex Cox se retira de su trabajo. Meses después, un perturbado secuestra a la hija de un senador y envía un mensaje a Cox por el que éste se verá de nuevo involucrado en una misión: rescatar a la pequeña sin que sufra el más mínimo daño. Para ello contará con la ayuda de Jezzie, una agente del servicio secreto que trabajaba en la seguridad del elitista colegio al que acudía la pequeña.

El filme, como viene siendo norma habitual en el género, plantea una desmesurada imaginación por parte del perturbado, una persona que se toma demasiadas molestias para secuestrar a una niña y para dejar las pistas suficientes (aunque, eso sí, muy ocultas, demasiado rebuscadas) para llevar al detective, que él ha elegido por ser el mejor, hacia el lugar en que se encuentra la pequeña. No creo que nadie se tome tantísimas molestias en hacer y decir lo justo para que se sepa todo, si lo que se pretende es que no se sepa para conseguir el rescate. Con una interpretación por debajo de lo común en Freeman, y por encima de lo habitual en su compañera, Monica Potter, a la que ya estábamos cansados de ver en papelillos de niña ñoña acompañando a Robin Williams(Patch Adams) y ligando con tres americanitos (Martha conoce a Frank, Daniel & Lawrence), y que por fin hace un papel con sustancia, el filme recurre a los tópicos del género, abundando en una cada vez más insólita explicación para un secuestro (o robo, o asesinato, o lo que sea), sin aportar nada nuevo. Se deja ver, pero es fácilmente olvidable. Sobre todo por su final, un clímax sin emoción, y que deja al espectador con ganas de más, de mucho más, no porque lo que haya visto le haya parecido poco, sino porque no ha visto nada y quiere amortizar el dinero de la entrada.

Juan Antonio Hidalgo