Mar adentro: Amenábar y la eutanasia

Mar adentro | El gallego Ramón Sampedro (1943) via­jó de joven por todo el mundo como marinero hasta que, a los 26 años, quedó tetrapléjico por un accidente en la playa. Parali­za­do de cuello para abajo, desde entonces fue cuidado por su hermano y su familia. Sampedro permaneció casi siempre postrado en la cama frente a dos ventanas, pues, a diferencia de otros tetrapléjicos, se negaba a utilizar la silla de ruedas y a salir de su cuarto.

Así pasó 29 años, leyendo, escuchando música, escribiendo, hablando con mucha gente y luchando sin éxito para que el Estado le autorizara a suicidarse, pues consideraba su vida indigna de ser vivida. En los años 90 su caso saltó a los medios de comunicación, llegó a los tribunales de justicia y suscitó un cierto debate social. En 1998 se suicidó en connivencia con diversos familiares y amigos que nunca fueron inculpados, pues él mismo elaboró un sofisticado plan para protegerlos.

Después de su muerte, su heredera intentó mantener abierto el caso Sampedro, y demandó al Estado español ante el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo por “vulnerar el derecho a la vida privada”. El Tribunal no admitió la demanda. Después la heredera llevó el caso ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU, que el pasado marzo dictaminó también que las alegaciones eran inadmisibles.

Mar adentro: Buena dirección de actores

Impresiona la soberbia dirección de actores que realiza Amenábar, destacando una magnífica Belén Rueda. Lola Dueñas y Mabel Rivera encarnan a los personajes más auténticos de la película. Amenábar apela a las emociones del espectador con una puesta en escena esmerada, con varios insertos oníricos. La planificación panorámica y el montaje resultan sustanciales, y se refuerzan con la bella fotografía y con la sugerente música, eficaz aunque a ratos enfática. El guión es brillante, emotivo y hasta divertido en su descripción de las relaciones familiares y de amistad de Sampedro, pero muy ideológico y a veces descaradamente sentimental en su apología de la eutanasia y el suicidio. En este punto, los pasajes más toscos son la comparecencia de Sampedro ante los tribunales -con jueces dibujados con rasgos tétricos- y la visita que le hace un jesuita tetrapléjico como él, históricamente falsa y desarrollada con un tono tan caricaturesco y cruel que desvela un claro planteamiento antica­tólico.

Esta deformación ideológica se aprecia asimismo en los idílicos perfiles vitales del propio Ramón Sampedro, cuya luminosa santidad laica sólo se rompe levemente en un par de salidas de mal humor. También poseen este modélico equilibrio los dos representantes de la asociación proeutanasia DMD (Derecho a Morir Dignamente), que incluso se erigen en abanderados de la natalidad, en una escena pro vida sensiblera y poco coherente con la insistencia de Sampedro en quitarse la vida.

Las subtramas protagonizadas por las dos mujeres, Julia y Rosa, contienen los escasos datos que aporta el guión sobre el pensamiento de Sam­pedro, quien, a pesar de las numerosas razones para vivir que se le van mostrando, insiste en morir aduciendo siempre el mismo argumento: “No me juzges. Si me quieres de verdad, respeta mi libertad y ayúdame a morir”.

Mar adentro defiende un concepto de libertad entendida como una autonomía personal casi sin límites, ni morales ni legales, sólo controlada por la propia conciencia. “Es la historia de una persona cuyo único Dios es su conciencia, lo que hace al hombre más libre y más humano”, ha declarado Bardem. Pero parece claro que la convicción más profunda puede ser compatible con la falta de autocrítica.

Para no enturbiar esa autonomía sin límites, no se reflexiona sobre las posibles deformaciones de la conciencia, se obvia el posible componente patológico de la obsesión de Sampedro por morir y se pasa de puntillas por el peliagudo problema de la influencia negativa de su actitud en otros lesionados y enfermos graves.

En el sentido del amor y el sufrimiento se aprecia la debilidad de la antropología y de la moral que sustentan la trágica decisión de Sampedro, que la película presenta como admirable.

Ramón partía de un concepto de la felicidad más bien materialista e individualista, que cuando choca con la limitación física resulta incapaz de dar sentido a la vida y al amor, pues ambos estarán siempre marcados por el sufrimiento. Un planteamiento desmentido día a día por miles de personas en todo el mundo, totalmente dependientes de otras que no pierden la alegría de vivir y luchar, ni la capacidad de trabajo, ni el sentido solidario, enriquecedor y hasta santificador de su propio dolor.

El entramado de conflictos obviados, deformados o no resueltos enturbian enormemente la calidad de la película y llevan a replantearse la autenticidad de sus personajes y la verdadera entidad dramática y ética de sus conflictos. Asusta que se hable con tal frialdad y ligereza de “vidas que no merecen la pena ser vividas”, pues a ver quién tipifica jurídicamente ese concepto. Hasta ahora sólo se atrevieron a hacerlo ciertos filósofos cercanos al Tercer Reich, que teorizaron sobre “las vidas humanas sin valor vital” (“das lebensunwerte Leben”), víctimas más tarde del programa nazi de eutanasia y eugenesia. No aprendemos.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Javier Aguirresarobe
  • Montaje: Iván Aledo, Alejandro Aménabar
  • Música: Alejandro Amenábar 
  • País: España
  • Año: 2004
  • Distribuidora: Warner
  • Estreno en España: 03.09.2004
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Reseña
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Jerónimo José Martín
Presidente del Círculo de Escritores Cinematográficos. Profesor Historia del Cine Animación