La Pasión de Cristo

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Dirección:Mel Gibson Guión:Benedict Fitzgerald, Mel Gibson Fotografía:Caleb Deschanel Montaje:John Wright Música:John Debney Intérpretes:James Caviezel, Maia Morgenstern, Monica Bellucci, Claudia Gerini, Hristo Shopov, Mattia Sbragia Distribuidora:Aurum

EE.UU., 2004. Estreno en España: 02.04.2004

Un peso abrumador

Después de años de dedicación a la crítica y a la creación cinematográficas, me he preguntado con frecuencia -a la vista de tanto refrito de versiones de secuelas, de tanto dinero invertido en la compra de derechos de best sellers- sobre la dificultad de  hacer una película verdaderamente novedosa y perdurable. ¿Será cierto que es­tán agotadas las historias para el cine?

Después de ver La Pasión de Cristo creo que dentro de unos años será tenida por una obra maestra, una de esas películas imprescindibles en la historia del cine. Paradójica­men­te se trata de una historia muy conocida, un argumento (las 12 horas que transcurrieron desde la oración en el huerto de los olivos hasta la muerte en un patíbulo de un ju­dío llamado Jesús de Nazaret) por el que no es preciso pagar derechos de autor.

Cualquier gran película supone una perfecta conjunción de fondo y forma. Ciertamente, la película de Gibson tiene una factura impecable. La fotografía de Caleb Deschanel (El corcel negro, El patriota, Ana y el Rey, Ele­gi­dos para la gloria) ha buscado -y encontrado- inspiración en los claroscuros de Cara­va­­ggio, logrando una película muy pictórica con un hábil manejo de los filtros que contrastan la luz característica del sur de Italia, lo­calización de las escenas al aire libre. El re­parto -de muy buen nivel-, la banda sonora de John Debney (Como Dios, El emperador y sus locuras, Spy kids), el montaje, el vestuario, la dirección artística…  todo funciona bien, con rigor, con naturalidad.

Mención especial merece el guión. La fidelidad a los cuatro evangelios es total, pero Gibson y Benedict Fitzgerald (un tipo de 55 años que en 1979 adaptó Wise blood, la prodigiosa novela de Flannery O’Connor para que el maestro John Huston la hiciera película) han introducido en el relato bíblico algunos materiales de diversos autores de espiritualidad, fundamentalmente de la mística ale­mana Catalina Emmerich, que recibió di­versas visiones de la Pasión. A mi juicio, el guión tiene un ritmo perfecto, rápido en la na­rración de los hechos y contemplativo en las escenas. Es muy hábil la introducción de varios personajes que evolucionan en paralelo con el Via Crucis de Cristo. Esas tramas se­cundarias, siguiendo el principio clásico de la acción-reacción, añaden significados personales al sufrimiento del Dios-Hombre. En es­te sentido, resalta la figura de María (mag­ní­fica la rumana judía Maia Morgenstern), a la que acompaña el espectador desde su intuición del drama de la Pasión hasta su amargo trance en el Calvario a los pies de su Hijo. Verdaderamente, La Pasión de Cristo es también La Pasión de María, vivida como sólo la puede vivir una madre, olvidada de sí hasta el límite de las fuerzas humanas. También la historia de Satán es una historia completa -con un final interesantísimo que no desvelo-, como lo son las de Simón de Cirene, Pilatos y su mujer Claudia Prócula, o Judas.

Las relaciones de los personajes, con un Je­sús-Caviezel que apenas puede “actuar” co­mo consecuencia de su cuerpo destrozado, son puro cine: miradas, imágenes que hacen avanzar la historia. En el sufrimiento de Cris­­to se intercalan pasajes de su vida oculta y pública que, además de un respiro -un consuelo- para el espectador, dan sentido al ensañamiento físico y moral de un momento pa­ra el que Cristo se ha ido preparando cons­ciente de que la Cruz culminaría su misión en la tierra.

La evidente calidad técnica y artística de La Pasión de Gibson deparan, en definitiva, un relato creíble, natural y cercano -ciertamente cruel, pero sin caer en un uso gratuito ni exhibicionista de la violencia- alejado del pietismo de otras versiones. Y es esa calidad la puerta que permite entrar en los verdaderos tesoros de esta película. La Pasión me interpela como espectador como ninguna película ha conseguido, haciéndome caer en la cuenta de que tengo mucho que ver en tanto sufrimiento, en tanto dolor. En un momento de la película, Jesús, un despojo humano, mi­ra a cámara -un recurso arriesgado y muy poco usado en el cine para involucrar al espectador- y se inserta un flash back en el que dice a sus discípulos: “Si el mundo os odia, sa­bed que me ha odiado a mí antes que a vosotros”. A mi lado, en el pase previo al que asistí, uno de los más famosos críticos de es­te país, “malote oficial”, luchó durante todo el pase por no llorar. No lo consiguió.

Javier Aguirreamalloa

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