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La casa del lago

Dirección: Alejandro Agresti Guión: David Auburn, basado en la película Siworae (Il mare) Fotografía: Alar Kivilo Montaje: Alejandro Brodersohn, Lynzee Klingman Música: Rachel Portman Intérpretes: Keanu Reeves, Sandra Bullock, Dylan Walsh, Shohreh Aghdashloo, Christopher Plummer Distribuidora: Warner

EE.UU., 2006. Estreno en España: 30.06.2006

Material ajeno

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Alex Wyler es un joven arquitecto que arrastra una penosa relación con su padre, un genio de la arquitectura que sacrificó a su familia por conseguir el éxito en el trabajo. Kate Fors­ter es una médico que acaba de instalarse en un moderno blo­que de apartamentos de lujo donde vive sola. Alex y Ka­te han sido habitantes de una original vivienda construida en medio de un lago. Con este motivo cruzan algunas misivas. Pronto surge la simpatía… y el desconcierto cuando descubren que ambos viven separados dos años en el tiempo.

El realizador argentino Alejandro Agres­ti ha sido el encargado de convertir una peque­ña película coreana del año 2000 –Siworae (Il mare), de Lee Hyun-seung- en uno de los productos comerciales más esperados del año, vendido co­mo el reencuentro de Keanu Reeves y Sandra Bullock después de la exitosa Speed, hace ya 12 añitos.

Además del tirón de la pareja protagonista, metida en una hiper­ro­mántica relación de amor imposible, Agresti tiene a su favor una historia interesante sobre el papel y un envoltorio de lujo: la fotogra­fía, tanto de la ciudad de Chicago como de la ca­sa del lago, es espectacular.

A ese nivel La casa del lago es una película bonita, con buen reparto, to­no elegantísimo y final de mor­­tal con doble tirabuzón y aplauso del per­sonal que está harto de ir al cine a deprimirse-, la cinta de Agres­ti funciona.

El problema es que, si uno mira un po­co detrás de la fachada, la película no es­tá bien construida. Le falta andamiaje, le falta trabajo de guión: se apoya en una re­lación de dos personas que no comparten más que unos cuantos planos -recuerden que uno vive dos años antes que el otro-, de manera que un leve fallo en el guión puede motivar el derrumbe absoluto. No es el caso, porque los actores y la realización salvan los muebles, pero hay momentos en que la película amenaza con estrellarse. El arranque es lentísimo, y el tratamiento del tiempo tan deslavazado que no conviene perder el tiempo intentando no perderse.

Por otra parte, se nota que Agresti trabaja “material ajeno”: ni es suya la idea ni el guión.

Se ha encontrado con una pe­lícula coreana ya rodada a la que no se ha atrevido a darle un repaso por el lado del realismo mágico. La ha dejado como está. Y es una pena, porque una historia inverosímil no se puede rodar como un te­lefilm de sobremesa. Tam­bién se ha encontrado escrito el guión. Y en el libreto de David Auburn (La verdad oculta) se echan de menos algunas cualidades del guionista argentino: la agilidad de los diá­logos -aquí, cartas-, el ingenio de algunas situaciones, la profundidad de los personajes… Sí se nota la mano de Agres­ti en el tono tristemente esperanzado, aquí más esperanzado que triste, que siempre habla de segundas oportunidades. Como en Persuasión.