Carmen: Desmitificando a la baja

Vicente Aranda (Barcelona, 1926) insiste en que es fiel al texto, a la novela original (no voy a comprobarlo), de Próspero Merimée (1803-1870). Esto tiene y no tiene interés. Lo tiene a la hora de pensar en el origen de las muy espeluznantes situaciones que escribió con su imaginación creadora P. Merimée, que son de un realismo romántico verdaderamente sobrecogedor (vgr.: el sitio y el tiempo en la muerte de Carmen, con la presencia desolada de don José, que tantos ecos trae del momento y lugar de la muerte de Romeo y Julieta); sigue teniendo interés porque es a él, a Merimée, y no a Aranda, a quien hay que atribuir esas y otras desmesuras de época, que en su hiperrealismo pasional caen en la inverosimilitud de lo real cotidiano, en buena parte también debido a la ignorancia de lo real cotidiano (que aquí es el comportamiento de unos monjes en la vida conventual, que además dejan la iglesia abierta toda la noche, con todas las luces encendidas en el altar mayor…), bien…; en ese tipo de novelas de románticos e ilustrados, desconocen en general lo cotidiano real de la práctica católica, porque, si lo conocieran, no escribirían esas escenas de la desmesura espeluznante y sobrecogedora, falsamente teatrales.

No tiene interés saber esa referencia o dependencia de Merimée porque, como se dice -y parece que así es-, lo que importa ahora es la obra cinematográfica en sí misma.

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Aunque comienza el film con unos típicos tópicos, no permanece en ellos; esos tópicos típicos son: en el primer exterior que se muestra de la ciudad van y vienen sin ton ni son gentes con cántaros y vendedores con sus carros abiertos cargados de mercancías. Otro: el ambiente de las cigarreras en la fábrica más parece el de unas bastas y toscas prostitutas que compitieran por ver quién hace o dice la mayor grosería obscena: Carmen gana. Y otro tópico leve y breve es el de mostrar un puesto de frutas en la calle, que esta vez no lo vuelca nadie… El film adquiere un inusual aspecto, una ambientación distinta, una sobriedad y una distinción en todo: exteriores e interiores, y hasta los paisajes y su color. (Carmen no adquiere ese tono: permanece y crece en su bastedad, tosquedad y obscenidad).

Una licencia sobre el texto original dice Aranda que se ha permitido: y es hacer aparecer en la historia de don José y Carmen al mismísimo Próspero Merimée… con un actor que hace bailar un poco las fechas (perdón por la minucia): si durante la película nace Isabel II de España (1830), Próspero debería tener 27 años… y no 45 como dice que tiene, y lo parece, y aún más (bien es cierto que también don José es virgen y tiene 23 años, y Sbaraglia no da esa edad…, pero Sbaraglia es un buen actor). Presente Merimée en la película, don José, en la madrugada de su ejecución, en la celda, le cuenta su vida y perdición con Carmen (dicen y repiten sin embargo las historias que fue la condesa de Montijo, madre de la Eugenia que llegó a emperatriz de Francia, quien contó a Próspero la aventura de esa desalmada gitana). Parece que debería estar en la celda con don José un sacerdote, pues don José pide una misa por la salvación de su alma… Así que Próspero en la celda se queda con el calzador en la mano.

Y a propósito de don José, Leonardo Sbaraglia da fuerza y contundencia a su personaje: hay chicha en el guión: don José es un joven inexperto que se debate entre su conciencia y fe, y su brutal atracción física por Carmen, que se le convierte en obsesión, y cae en una enloquecida y alucinada autodestrucción.

Los perfiles de Carmen

El personaje de Carmen en la película es, en cambio, de chicha y nabo: no todo es culpa de Paz Vega, sino del guión y de la dirección de actores: ni parece una endemoniada -como se reitera- ni tampoco una defensora de la libertad sino, en todo caso, la egoísta actitud de una prostituta tozuda, caprichosa y cerril a la que le puede el vicio (como le recrimina su marido«el tuerto«): acostarse con hombres, no hay más. Así que no queda misterio ni grandeza en este personaje: se queda en una cualquiera y, así, adquiere verdad lo que dicen aquí y allá los actores de una sola frase: Yo no sé que habrá encontrao ese en la Carmen, ¡si es una puta arrastrá! Hasta tiene más empaque y presencia física -¡tremendo desatino del casting!- la que regenta la casa de… compromisos, como quizá se dijera en el XIX entre la gente fina. Y la cámara también maltrata a Paz Vega: o emperifollada y maquillada hasta allá, o despeinada y harapienta hasta acá, y siempre con enfado y malhumor, tensa, como rabiosa; la cámara la maltrata al presentarla desnudada como una esclava, en actitudes zafias y groseras, agresivamente burdas y sin seducción ninguna. (Dijo la condesa de Montijo: -«Próspero, esa desalmada iba sin rebozo y sin mantilla; ya me entiende usté…». -«¿Quiere decirme, señora condesa, que Carmen iba desnuda?». -«Ah, qué cosas más desvergonzadas me hace decir este francés. Es usted un pícaro»).

¡El mundo interior de don José es rico y variado, un entresijo de encontrados sentimientos, al lado de la sucia planicie de la Carmen de Aranda! Se ha cargado el mito de Carmen -momentáneamente-, con una película que, sin embargo, se ve bien: múltiple en acontecimientos, vistosa, elegante -hasta los bandoleros-, salvo las cigarreras y Carmen, que además tiene una lengua… Para mí que don Próspero, con todo su realismo romántico, con todo lo escandaloso que fuera en su momento, no se atrevió a hacerla hablar y hacer como se la oye y se la ve según el guión de Aranda y Jordá. Próspero era irónico, tenía humor…, y esto no se ve en la película de Aranda; lo que sí se ve es que le han echao muchos millones.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Paco Femenía
  • Montaje: Teresa Font
  • Música: José Nieto
  • Distribuidora: Buena Vista
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Reseña
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Pedro Antonio Urbina
Crítico de cine, poeta, escritor y traductor