Siempre hay tiempo (Héctor y Bruno): Un abuelo golondrina para nuestro (maltrecho) nido

Héctor, un malhumorado y seco hombre del norte, desahuciado por los turbios manejos del alcalde de su pueblo, cruza toda España para reencontrarse con su hijo, del que ha ido distanciándose con los años. En la nueva ciudad, Sevilla, tendrá que enfrentarse a un entorno muy distinto, a la incomodidad de su hijo y, sobre todo, a la incomprensión de un nieto adolescente cargado de problemas. Sin embargo, el amor terminará por abrir la férrea presa de los sentimientos de Héctor.

Tópicos inevitables, encuadres un poco demasiado enfáticos, esas teclas de piano quizá un punto demasiado previsible, muchos abrazos… Y, sin embargo, funciona. Vaya si funciona. Aunque a uno le dé pudorosa rabia (coraje, dirían los sevillanos de la película) cuando se encienden las luces de la sala, le tiembla la lagrimilla al borde del ojo y siente que va a echar terriblemente de menos a unos personajes de ficción.

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La culpa la tiene la sevillana Ana Rosa Diego, que en su más que notable debut en el largometraje ha sabido elevar un material fácilmente pasto de los tópicos al raro terreno de los universales. Con un guión más matizado de lo que parece y unos excelentes actores -bien dirigidos: contenidos, armónicos, sin desmadres lacrimógenos-, aborda con sencillez, buen ritmo y profundidad algunas dialécticas tan poderosas como las de comunicación-ruido, raíces-movimiento, coherencia-flexibilidad, independencia-responsabilidad, norte-sur… Las reúne en una pista común, la familia, que se descubre como portadora del valor de los valores, algo que ningún ser humano pierde para siempre: «Dejas de dar abrazos durante tantos años y se te acaba olvidando cómo darlos», dice un personaje. Pocas cosas tan emocionantes como la torpeza emocional de este hombre tan del norte, capaz en esa preciosa prórroga de la vida que puede ser la vejez de aprender la lección más trascendente, cierto, pero capaz también de aportar desde su mundo valores tan interesantes hoy como la reciedumbre o la caballerosidad.

Siempre hay tiempo (Héctor y Bruno) sabe contar ese punto de encuentro entre dos mundos, del que ambos salen beneficiados; notable capacidad, por cierto, en una sociedad que se empeña en perseverar en el maniqueísmo. Y lo consigue tras encontrar la llave -y manejarla con pericia- del «abuelo golondrina». Ojo, sociólogos del mundo entero, al glorioso término que explica un secundario de lujo, otro abuelo de nombre Luis y de preclaro alias «Pájaro»: dícese del señor añoso que, jubilado, supuestamente inútil para la vida (convencional, o sea, el comercio) y con más tiros dados que las pistolas de El Coyote, dedica sus últimos años a emigrar en busca de lo que un día sembró.

Mira por dónde, a estas alturas vamos a encontrarle a la globalización un hilo de lo más curioso y sustancial: el abuelo que une mundos, en el espacio (el eje norte-sur o la distancia entre el campo y la ciudad) y en el tiempo (aquella raza dura, quizá demasiado; esta chavalería reblandecida, quizá demasiado). Añádanle un poquito de buena voluntad, déjenlo macerar en una familia que de verdad quiera serlo… Y que vengan las crisis.

▲ Grande Txema Blasco y sorprendente su química con el novel Edu Bulnes.

▼ Algún tópico.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Núria Roldos
  • Montaje: Miguel Doblado
  • Música: Michael Thomas
  • Duración: 90 min.
  • Público adecuado: Todos
  • Distribuidora: Festival
  • España, 2009
  • Estreno: 15.5.2010
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Reseña
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Ángel Peña
Profesor y periodista