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El cazador de sueños (Dreamcatcher)

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Dirección: Lawrence Kasdan Guión: William Goldman, Lawrence Kasdan Fotografía: John Seale Música: James Newton Howard Intérpretes: Thomas Jane, Jason Lee, Damian Lewis, Timothy Olyphant, Morgan Freeman, Donnie WalhbergDistribuidora: Warner

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EEUU 2003.Estreno en España 16 Abril 2003.

 

En la mente de  Stephen King

El imaginario de Stephen King y la narrativa visual de Lawrence Kasdan, que coescribe el guión con el gurú Goldman (La princesa prometida) confluyen en un film truculento y efectista que avanza de forma imparable entre la poética de los sueños y la artificiosidad alienígena.

Desde su primera novela Carrie (1947), King dejó claro su interés en temas paranormales y su necesidad de integrarlos en la normalidad de personajes corrientes. Fiel a esta filosofía narrativa, el prolífico autor (El resplandor, La milla verde, Un saco de huesos, Los chicos del maíz…), cuenta en Dreamcatcher la historia de cuatro amigos que unidos por la capacidad de leer las mentes se enfrentan a una situación límite para ellos mismos y para la humanidad.

El film de Kasdan comienza con una presentación marcadamente fragmentada de personajes. En poco tiempo el director de Grand Canyon (1991) y Mumford (1999), ratifica su capacidad para describir grupos humanos y para construir personalidades, pero el interés que suscitan las anómalas vidas en la primera parte del film desaparece entre una avalancha de ideas y complicaciones. La estructura se fragmenta a favor de un dinamismo narrativo que avanza en una espiral de efectos especiales y puntos de giro injustificados. La sorpresa se convierte así en el único enganche del film que serpentea entre ejércitos de extraterrestres, militares descontrolados y larvas asesinas. La película se extralimita en la ambición de intentar abarcar la personalidad creadora de King, mientras Kasdan se queda en un segundo plano haciendo que el film pierda consistencia.

El lenguaje que utiliza el director es claro y muy contundente pero la trama laberíntica del guión monopoliza la fluidez de la cinta. Los bosques de Maine, donde se desarrolla gran parte de la trama, se convierten en un escenario sangriento de continua violencia que agota al espectador. En un intento de mantener esta tensión dramática, se agradecen enormemente las secuencias en las que la cámara abandona la producción efectista del bosque para introducirse en la mente de Jonesy. Un destello de lucidez que sirve para respirar entre tanta «ficción asesina» y mucha comercialidad.

Laura G. Pousa