Kakeru: Los sustitutos
· Crítica de Kakeru | Estreno 16 de octubre de 2026.
· La premisa remite inevitablemente a A.I. Inteligencia artificial, de Steven Spielberg, aunque Koreeda desplaza el conflicto desde la ciencia ficción hacia la intimidad doméstica.
En un futuro próximo, Otone y Kensuke intentan superar la muerte de su único hijo, Kakeru, fallecido en un accidente de tráfico. La aparición de una empresa tecnológica les ofrece una posibilidad tan tentadora como inquietante: acoger un humanoide que reproduce el aspecto y la personalidad del niño a partir de vídeos, recuerdos y materiales proporcionados por sus padres. La máquina aprende sus gestos y preferencias, devolviendo al hogar una alegría que parecía extinguida, pero también abriendo una incómoda pregunta: ¿están recuperando a su hijo o construyendo una ilusión para soportar su ausencia?
La premisa remite inevitablemente a A.I. Inteligencia artificial, de Steven Spielberg, aunque Koreeda desplaza el conflicto desde la ciencia ficción hacia la intimidad doméstica. Le interesan menos las posibilidades técnicas de la máquina que sus consecuencias emocionales. Basta una sonrisa, un recuerdo compartido o la reproducción de una costumbre infantil para despertar sentimientos auténticos en quienes contemplan esos gestos. La paradoja constituye el núcleo de la película: las emociones de los padres son reales, aunque el ser al que se dirigen no sea quien ellos creen o necesitan que sea.
Fiel a la sensibilidad que ya mostraba en De tal padre, tal hijo y Un asunto de familia, el cineasta vuelve a cuestionar la naturaleza de los vínculos familiares. La convivencia, el cuidado y la responsabilidad pueden resultar más determinantes que la filiación biológica, pero, ¿hasta dónde puede extenderse esa convicción cuando el hijo ha sido fabricado para ocupar el lugar de otro?
Otone encuentra inicialmente en el humanoide una prolongación del niño perdido, mientras Kensuke se resiste a aceptar una máquina como sustituto de un ser humano. La evolución de ambos permite a Koreeda explorar las contradicciones del duelo, así como la frontera entre el amor y la necesidad de posesión. Querer a alguien no significa únicamente reconocer aquello que nos resulta familiar, sino aceptar su diferencia. Y esa es precisamente la dificultad de unos padres que desean recuperar a su hijo sin renunciar a la imagen que conservan de él.
La referencia a El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, refuerza esta reflexión. Como la oveja encerrada en una caja, cuya apariencia depende de la imaginación de quien la contempla, el humanoide se convierte en una superficie sobre la que proyectar recuerdos y expectativas. ¿Ven los padres a Kakeru porque realmente está ahí o porque necesitan reconocerlo? La película sugiere que la semejanza nunca garantiza la identidad y que el afecto exige algo más que una reproducción perfecta de nuestros deseos.
Koreeda acompaña estas cuestiones con una puesta en escena sobria, la fotografía de Ryuto Kondo y un montaje pausado que confían en los silencios y los pequeños gestos. También destaca la representación de un futuro apenas distinto del presente, integrado por arquitecturas sostenibles y tecnologías cotidianas. Sin recurrir a escenarios apocalípticos, la película plantea que el progreso no elimina nuestras necesidades emocionales ni resuelve por sí mismo el dolor de la pérdida.
Las interpretaciones de Haruka Ayase y Daigo Yamamoto sostienen con sensibilidad las contradicciones de la pareja. Rimu Kuwaki, por su parte, encuentra un equilibrio convincente entre la espontaneidad infantil y la artificialidad del humanoide, haciendo de esa leve distancia entre el comportamiento humano y su imitación uno de los elementos más expresivos del relato.
Sin embargo, Kakeru pierde parte de su fuerza cuando intenta convertir su conflicto íntimo en una fábula universal sobre la convivencia entre humanos y máquinas. Su tramo final, con una visión demasiado idealizada de la relación entre niños y humanoides, suaviza las tensiones morales que la película había planteado y desemboca en una conciliación insuficientemente desarrollada. La ambigüedad resulta estimulante, pero no siempre basta para sustituir la profundización dramática.
Pese a estas limitaciones, Koreeda demuestra una vez más su capacidad para descubrir conflictos de gran alcance en las experiencias más ordinarias. Kakeru funciona mejor como retrato de unos padres en duelo que como reflexión plenamente articulada sobre la inteligencia artificial. Su mayor acierto no consiste en demostrar que una máquina pueda llegar a ser humana, sino en preguntarse qué sucede con nuestra propia humanidad cuando la tecnología parece ofrecernos una salida al sufrimiento.
Entre la oveja imaginada por Saint-Exupéry y el niño reconstruido por Koreeda permanece una distancia irreductible: la que separa el deseo de recuperar lo perdido de la difícil tarea de aprender a vivir con su ausencia.
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Ficha Técnica
- Dirección: Hirokazu Koreeda,
- Guion: Hirokazu Koreeda,
- Intérpretes: Hinata Hiiragi, Haruka Ayase, Daigo Yamamoto, Rimu Kuwaki, Nana Seino, Kan'ichiro Sato, Akihiro Kakuta, Kayo Noro, Mari Hoshino,
- Fotografía: Ryuto Kondo
- Montaje: H. Koreeda
- Música: Yuta Bandoh
- Duración: 126 min.
- Público adecuado: +14 años
- Distribuidora: Vértigo
- Japón (Hako no naka no hitsuji), 2026
- Estreno: 16.10.2026




































