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Tierra de abundancia

Dirección: Win Wenders Guión: Scott Derrickson, Michael Meredith, Wim Wenders Fotografía: Franz Lustig Montaje: Mortiz Laube Música: Nackt, Thom Intérpretes: Michelle Williams, John Diehl, Shaun Toub, Wendell Pierce, Richard Edson, Yuri Elvin, Burt Young Distribuidora: Karma

EE.UU./Alemania, 2004. Estreno en España: 08.04.2005

¿A dónde vas, América?

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Wim Wenders vuelve a las andadas. Nuevamente inspirado por la cara más amarga de Estados Uni­dos, el director de Paris, Texas retoma en es­ta cinta las esencias que han impregnado lo me­jor de su filmografía: el viaje -junto con la so­ledad que debe acompañar a todo buen via­jero-, la incomunicación y el poder transformador de la imagen conforman buena parte del mapa conceptual de Tierra de abundancia. Lo cierto es que, en esta ocasión, su coartada ha generado opiniones encontradas: son muchos los que consideran que un europeo debería per­manecer al margen de algo tan delicado co­mo la sensibilidad norteamericana posterior a los atentados del World Tra­de Center. Ante semejante actitud, bastaría con recordar las palabras del propio cineasta, cuando confesó hace ya algún tiempo que “fue­ron necesarios siete años de vida en Nue­va York para poder ro­dar El cielo sobre Berlín”.

En realidad, la naturaleza de dicha polémica constituye el motor principal de la historia. Lana (Michelle Williams) retorna a Los Ángeles tras haber pasado gran parte de su vi­da como misionera en Palestina. A su vuelta encuentra una ciudad que, más preocupada por las apariencias, permite que gran parte de sus ciudadanos vivan en un estado de absoluta miseria. Entretanto, su tío Paul (John Diehl), un veterano de Vietnam al que la reciente amenaza terrorista ha puesto de nuevo en guardia, recorre las calles con su furgoneta a la caza y captura de cualquier sospechoso al uso. El encuentro entre ambos personajes propiciará el conflicto principal de la pe­lí­cula -la actitud abierta y comprometida de Lana, en sintonía con la del propio Wenders, frente a la psicosis recalcitrante de Paul– y facilitará las claves para entender en su justa medida el ejercicio de autocrítica propuesto.

Tras ver Tierra de abundancia, uno sale del cine con la sensación de que Wenders ha alcanzado ese estado de madurez que permite a los creadores poner puntualmente su arte a disposición de una causa en la que creen. Y lo cierto es que el cineasta brinda, en este ca­so, lo mejor de sí mismo: las imágenes de la pe­lícula son hipnóticas, resplandecientes; ofre­cen la posibilidad de perderse irremediablemente en esos exteriores desolados que, en el cine de este autor, siempre esconden al­go raro y precioso; y recobrar después la com­postura en la intimidad de los numerosos pla­nos cortos (aviso para espectadores enamoradizos: de igual modo que la cámara se pasa dos horas largas colada por los huesos de la protagonista, ustedes también caerán). Cabe añadir, además, que la capacidad reveladora de la imagen -como se pone de manifiesto en toda la filmografía de Wenders y, muy especialmente, en Relámpago sobre agua- se viste en esta cinta con un nuevo matiz: el engaño que es capaz de perpetrar el condenado invento cuando, al igual que Paul ante los monitores de su furgoneta, nos empeñamos en encontrar ahí fuera las mismas certezas que habitan en nuestra mente.

En cualquier caso, Tierra de abundancia no ofrece ese recurrente retrato del norteamericano miope que tanto parece gustar últimamente a buena parte de la crítica. En este sen­tido, resulta destacable el trabajo de John Diehl en el papel del enajenado excombatiente: su actuación revela las numerosas aris­tas y matices que alberga la actual paranoia estadounidense, y sugiere que la verdadera causa de la misma es sencillamente el temor a que un atentando de semejante magnitud vuelva a repetirse. En general, esta virtud puede extrapolarse a la totalidad de la película. No en vano, un cineasta que ha dedicado algunos de sus mejores esfuerzos a plasmar como nadie la belleza de los moteles, desiertos, autopistas y neones de Nor­tea­mérica no podía caer en la tentación -como sin duda muchos insistirán en reprocharle-  del panfleto o la octavilla. Muy al contrario, teniendo en cuenta los antecedentes, más bien nos encontramos ante el consejo, profundamente humano y marcadamente religioso, de un viejo amigo europeo.

José Miguel Campos