Intolerancia

Año: 1916 Duración:197 minutos País: Rei­no Unido Dirección: David Wark Gri­ffith In­tér­pretes: Lillian Gish, Robert Harron, Bessie Love, Miriam Cooper, Mae Marsh Dis­tri­bui­dora: Divisa Precio: 11,95 euros

La mirada moral de un genio

La contribución de David W. Griffith (Crest­wood, EE.UU., 1875) quedaría con­tundente­men­te asentada con lo que de él dijeron otros dos gran­des del cine mundial. Eisenstein declaró que “no hay cineasta en el mundo que no le deba algo”, y el padre del cine moderno, Orson Welles, afirmó que “ninguna profesión ni forma de arte le deben tanto a un solo hombre”.
Y es que Griffith apareció en el momento y lugar oportunos para pasar a la historia co­mo el primero de los grandes. Utilizar el pri­mer plano a nivel expresivo, descubrir el plano co­mo unidad del montaje en detrimento de la escena, o comprobar que la iluminación natural constituía una parte integrante de la acción dra­mática, hicieron que se ganase el título de autor de la gramática fílmica.

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Griffith ya había creado las dos obras (El nacimiento de una nación, en 1915, e Intoleran­cia, en 1916) que serían el resumen de su aportación imperecedera al Séptimo Arte. Cuando en 1908 presentó a sus empleados la posibilidad de un montaje paralelo inconexo, le respondieron que nadie comprendería semejante atrocidad. El maestro aludió a las novelas de Dickens como ejemplo de montaje paralelo. “Sí, pero Di­ckens es Dickens”, obtuvo por respuesta. Al ver Intoleran­cia se observa que el director americano supo derrotar el escepticismo de los que le rodeaban. El montaje paralelo radical es el centro de este film.

Cuatro historias (Babilonia en el año 539 a.C., la pasión de Je­sucristo, la Francia de 1572 en plena noche de San Bartolomé, y un drama en la América industrial contemporánea) tienen como único nexo la intolerancia que sufren los personajes principales. Las cuatro historias se van indistintamente cruzando con prudentes rótulos de aviso para que el espectador no se pierda. A medida que avanza la narración se acelera el montaje, aumentado el paralelismo entre todas ellas. Su estreno resultaría apabullante en plena Guerra Mundial. El filme no tuvo la aceptación del público que Griffith esperaba. El propio Eisenstein atribuía el desastre a lo que el mismo autor dijo de Intolerancia: que era un “dra­ma de comparaciones”. “Y ese -dijo el maestro soviético- es su error: una comparación, no una unificada y po­tente imagen generalizada”.