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La guerra de los mundos

Dirección: Steven Spielberg Guión: David Koepp, Josh Friedman, basado en la novela de H.G. Wells Fotografía: Janusz Kaminski Montaje: Michael Kahn Música: John Williams Intérpretes: Tom Cruise, Dakota Fanning, Miranda Otto, Tim Robbins, David Alan Basche Distribuidora: UIP

EE.UU., 2005. Estreno en España: 20.06.2005

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Mucho ruido, poco cine

Spielberg acude una vez más (hemos perdido la cuenta) a su tema preferido (las formas y maneras del cariño en una familia rota) y nos cuenta (en palabras de la productora) las peripecias de “Ray, un descargador de muelle, divorciado y padre nada modélico. Poco después de que su ex mujer y su nuevo marido se vayan después de dejar a Robbie, su hijo adolescente, y a su pequeña hija Rachel para una de sus contadas visitas, estalla una tremenda e inesperada tormenta eléctrica. Unos momentos después, en un cruce cerca de la casa, Ray es testigo de un acontecimiento que cambiará su vida y la de los suyos para siempre. Una enorme máquina de tres patas emerge del suelo y, antes de que alguien pueda hacer algo, arrasa todo lo que está a su alcance. Un día como otro cualquiera acaba de convertirse en la fecha más extraordinaria de su vida: el primer ataque alienígena contra la Tierra. Ray corre a por sus hijos para alejarlos del enemigo y se lanza a un viaje que les llevará por un país devastado, atrapados entre la marea humana de refugiados huyendo de un ejército extraterrestre de Trípodes. Pero, por mucho que corran, no hay ningún sitio donde refugiarse, tan sólo la voluntad indomable de Ray para proteger a sus seres amados”.

Después de un Spielberg muy discreto (La terminal) toca Spielberg malo. La guerra de los mundos es una de las peores y más aburridas películas que le he visto. Y le he visto algunas películas muy malas (y también varias muy buenas y algunas obras maestras). Los motivos para explicar este juicio tan rotundo empiezan y terminan en el paupérrimo guión de Koepp y Friedman, inspirado en la célebre novela de Herbert George Wells (1866-1946), escrita en 1898. Wells describía la invasión de Londres, la opulenta metrópoli, cabeza del Imperio colonial británico. De­bajo de su relato de ficción se escondía una llamada de atención sobre la prepontencia grandilocuente de un gigante de acero con pies de barro, segurísimo de los logros de una revolución industrial realizada con unos costes sociales verdaderamente salvajes, algo muy propio del socialismo utópico en el que Wells militó.

La película, contada desde un punto de vista muy poco afortunado, no logra sacarse de encima una intensa sensación de tedio, de falta de emoción suplida por destrucciones y explosiones a manta y por un puñado de momentos tensos (la historieta de Tim Robbins es de vergüenza ajena) que ya hemos visto mil veces. Como película de ciencia ficción es sosa, y como drama familiar un verdadero rollo. Los personajes tienen muy poco recorrido (un Cruise muy apagado) y se da luz verde a Dakota Fanning para comerse la pe­lícula a bocados, sembrándola de gritos y pucheros (estaría bien que alguien convenciera al agente de esta chica para que meta en sus contratos una cláusula que establezca una razonable cantidad máxima de llantinas y berreos). La puesta en escena es solvente, como todas las de Spielberg, pero la de Danny Boy­le en 28 días después era mucho más inteligente y barata.

Lo mejor, el sonido, que en alguna secuencia se mezcla muy bien con el silencio.

Es de agradecer que Spielberg haya querido alejarse de la ramplonería de películas de marcianos como Independence Day, pero su opción por el cine convencional de catástrofes con familia en primer plano resulta muy insatisfactoria.

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor