Goyas para todos


Enrique Urbizu y sus malvados triunfaron en una Gala que celebró un magnífico año de cine español.

Al final hubo Goyas para todos. La gran noche del cine nacional terminó con un equilibra­do reparto que premió casi siempre con la cabe­za (que para eso está) y un poquito con la ideo­logía (que para eso es la Academia… de ci­ne es­pañol).

Ganó la película preferida por la crítica y el pú­blico. La cinta de género que había visto có­mo un confuso jeroglífico que, sólo unos pocos -ra­ritos ellos- leyeron, le arrebataba una mereci­da Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebas­tián.

La película que había descubierto que José Co­ronado, además de galán y hombre-anuncio, po­día ser un personaje de esos sacados del cine clá­sico. La cinta con el título más redondo. Ga­nó Urbizu. Su No habrá paz para los malvados se llevó 4 premios grandes (película, director, ac­tor protagonista y guión original) y 2 más téc­nicos (montaje y sonido).

Frente a esta contundente victoria, lo de Al­mo­dóvar -que volvía con vítores, la parafernalia habitual y 16 nominaciones- sólo se puede de­finir como derrota. Una derrota, eso sí, maqui­llada, nunca mejor dicho, por 4 estatuillas (ac­triz –Elena Anaya-, actor revelación –Jan Cor­net, que le arrebató el premio al televisivo Jo­sé Mota-, maquillaje y música).

El que se prometía gran duelo de la noche ter­minaba con la victoria del secote director vas­co frente a la estrella manchega. Ganaba el ci­ne de siempre -el que tiene una historia y unos personajes- frente al artificio de una epidér­mica cinta que, desde luego, no es lo mejor que ha rodado Almodóvar.

Además de poner a las dos películas que compe­tían en cabeza en su sitio, la Academia aprove­chó para premiar dos pequeñas -o grandes- jo­yas del cine patrio que, desgraciadamente, no han encontrado el apoyo del público en la taqui­lla. Blackthorn, el magnífico western de Ma­teo Gil, se llevó 4 merecidos Goyas (vestuario, di­rección artística, fotografía y diseño de producción), mientras que Eva, la fábula de ciencia ficción de Kike Maíllo y su equipo de la ESCAC, al­canzó 3 estatuillas (director novel, actor de re­parto –Lluís Homar– y efectos especiales).

Gran acierto de la Academia premiar estas pelí­culas de género dirigidas por jóvenes directores que están arriesgando, llevando al cine espa­ñol a explorar lugares que hasta ahora resulta­ban desconocidos.

Como acierto fue la decisión de darle 2 Goyas a Arrugas, la adaptación al cine de animación del magnífico cómic de Paco Roca. Nadie dudaba que se llevaría el premio a la mejor película de animación, pero el Goya al mejor guión adap­tado fue además de una sorpresa, un magní­fico precedente para que las cintas de animación -las buenas, claro- puedan ganar premios en otras categorías.

Un voto por la ideología

El tinte ideológico -que no podía faltar en una Gala que siempre ha hecho guiños políticos- vino de la mano de los discursos de las actri­ces de La voz dormida (una película fallida y ma­niquea, que casi nadie entiende qué hacía en lo más alto de la tabla y menos ante la escanda­losa ausencia de la necesaria No tengas miedo, de Moncho Armendáriz). Tanto María León -mejor actriz revelación- como Ana Wa­ge­ner -mejor actriz de reparto- quitaron brillo a sus merecidos premios con unos discursos presun­tamente emotivos que, sin embargo, sonaron mitineros. El tercer premio de la película del se­villano Benito Zambrano fue para la canción, un apartado en el que, lo lógico, hubiera si­do darle el premio al rap de Nach que envuelve Verbo, el interesante y arriesgado experimen­to de Eduardo Chapero-Jackson.

Pero si las actrices de La voz dormida amagaron sólo un par de eslóganes, Isabel Coixet deci­dió directamente pronunciar un discurso, apro­ve­chando que la Academia había decidido, de for­ma un tanto sorprendente, premiar su docu­men­tal Escuchando al juez Garzón. El problema es que, más que su mensaje, fue su tremendo ves­tido lo que terminó por centrar la atención del respetable.

Gala sosita para un año de cine redondo

La presentación de Eva Hache fue sólo correcta… tirando a sosa, a pesar de un número mu­sical inicial en el que hasta cantó Almodó­var. La incursión de la humorista en las películas nominadas no tuvo excesiva gracia y quizás el momento más ingenioso fue el dedicado a Twi­tter. Hache leyó unos cuantos tuits bastante divertidos y rindió así un particular homenaje a esta red social que se ha convertido en una de las grandes aliadas de la Gala. Frente a la sose­ría de Eva Hache, destacó la chispa de San­tia­go Segura, al que muchos celebraron como un futuro estupendo presentador de la Gala.

El nuevo director de la Academia de Cine, En­ri­que González Macho, se estrenó en los Goya con un discurso serio, propio de los tiempos de cri­sis, de los que habló en abundancia, y al mismo tiempo optimista. “Como todas las crisis ven­ceremos si hay energía, inteligencia, trabajo, profesionalidad y reglas de juego claras. Pero que­remos ser optimistas”. González Macho, que apareció secundado por sus dos vicepresiden­tas, Judith Collet y Marta Etura, señaló que “aunque todos somos internautas, internet no es todavía alternativa ni sustituto, ni tan siquie­ra un complemento, al enorme esfuerzo eco­nómico que supone producir cine”, situándo­se en una postura enfrentada al del anterior pre­sidente, Álex de la Iglesia, que no tardó en res­ponderle desde una cabecera nacional al día si­guiente. Sus posturas opuestas son sólo una se­ñal de que el debate sobre el cine e internet es­tá muy abierto pero, en cualquier caso, no se pue­de acusar a González Macho de no pisar tie­rra o de estar en contra de la red: suya es la idea y la propiedad de Filmin, uno de los princi­pales portales para ver cine en streaming.

En definitiva, la 26 edición de los Goya fue la no­che de todos: de la vuelta a casa de Al­mo­dó­var -“yo no venía antes porque la alfom­bra era ver­de”, declaró a un grupo de prensa, “pero aho­ra que es roja he vuelto”-, del reco­no­ci­mien­to a las películas pequeñas que hacen el ci­ne grande, de la medalla a las actrices de La voz dormida, del aplauso a la imprescindi­ble Arru­gas… y, sobre todo, la noche de Ur­bi­zu, de los malvados, la noche de Santos Trini­dad.

Ana Sánchez de la Nieta


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