· En esta séptima temporada, Juego de Tronos progresa con una trama doble convergente en la que los personajes, en su mayoría, reaccionan con al­go que se llama humanidad, heroísmo, ideales.

Más trono y menos juego

Ha terminado la séptima temporada de Juego de Tronos. La más corta, con 7 capítulos. Para los que leyeron lo que escribí sobre la serie al finalizar la cuarta tem­porada, es inne­cesario repetir sus virtudes como producción de al­to presupuesto, con una cuidada puesta en escena, que ima­gi­na una Edad Media con cínicos personajes y tramas cule­bró­nicas donde toda atrocidad tiene su asiento. Castillos, espadas, impresionantes paisajes, despelote lascivo con cronómetro y diálogos de cloaca.

En la séptima temporada, la espectacularidad en localizaciones, figurantes y secuencias de acción es mayor que nunca. Entre los defectos, se han corregido dos de los mayores: por una parte, reducir ostensiblemente las ra­ciones de pornografía, sadismo y lenguaje obsceno; por la otra, se evita la dispersión argumental eliminando personajillos grotescos que tenían su momento de glo­ria comportándose como bastardos tarantinianos, en una reunión de antiguos alumnos, tras agotar las existencias de alucinógenos.

Parece como si los guionistas, libres de las novelas de Mar­tin, hubiesen dado un vistazo muy rápido al ensayo de Adam Zagajewski titulado En defensa del fervor, don­de se leen cosas como ésta: “Hay autores que usan la iro­nía para azotar la sociedad de consumo, otros luchan con­tra la religión o la burguesía. A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plu­ral. A menudo, simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico. Después, ya veremos”.

Juego de Tronos
Juego de Tronos (2011), de David Benioff y D.B. Weiss

Durante muchos capítulos Juego de Tronos ha sido un insulto a la inteligencia, una macarrada hortera que con­vertía en espectáculo la abyecta lucha por el poder de unos personajes brutales. En la séptima temporada, la historia progresa con una trama doble convergente en la que los personajes, en su mayoría, reaccionan con al­go que se llama humanidad, heroísmo, ideales. Hay más tro­no y menos juego.

Claro, memos nunca faltan ni faltarán. Ahora tienen me­gáfonos digitales y se quejan, con un sí pero no. Quie­ren, parece, más diálogos de estercolero como ese de la mu­ralla ante el ataque de los de la joven reina ru­bia, a los de la venenosa reina pelirroja, donde se desplie­ga, per­donen, la brillante y osada y muy inteligente teoría de la verga, tan conocida: todo en la vida es manejo de ver­ga. Los dos actores (Nikolaj Coster-Waldau y Jerome Flynn) tienen una cara que es un poema y parecen de­cirse con los ojos: “¿quién es el imbécil, el tarado que ha escrito esta basura?”.

Total, que Juego de Tronos camina hacia el final. Y a los que han llegado hasta aquí, todo les ha gustado mu­cho y están entusiasmados contándose lo que acaban de ver.

A mí me ha gustado, sin entusiasmo. No me creo (narrativamente hablando) casi nada. La séptima entretiene y está bien rodada. La secuenciación serial (la progresión dramática) ha sido bastante buena. Hubo más fer­vor y menos cinismo. La belleza salió ganando.

  • Creador: David Benioff, D.B. Weiss
  • País: EE.UU. (Game of Thrones, 2011)
  • Intérpretes: Peter Dinklage, Nikolaj Coster-Waldau, Lena Headey, Emilia Clarke, Kit Harington, Aidan Gillen, Liam Cunningham, Carice Van Houten, Sophie Turner, Nathalie Emmanuel, Maisie Williams, Conleth Hill
  • Duración: 7 temporadas (7-10 capítulos de 50-60 minutos)
  • Emisión en España: HBO, Movistar+
  • Público adecuado: +18 años (VX-D)
Reseña Panorama
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor