Ni en el texto original ni en la película hay sensiblería, aunque sí emoción contenida. La escritora lo logra despojando a sus personajes de superfluidades.

BabetteEl festín de Babette País/Año: Dinamarca, 1987 Dirección: Gabriel Axel, basado en un relato de Karen Blixen  Música: Per Horgard Fotografía: Henning Kristiansen Intérpretes: Sthepane Audran, Bodil Kjer, Birgitte Federspiel, Jarl Kulle, Jean Philippe Lafont  Distribuidora: Filmax Duración: 96 min Diseño de producción: Sven Wichmann

El comedor ha sido tradicionalmente -ahora ya no tanto- la principal habitación de una casa. Comer es una actividad con un marcado carácter social, donde fluye la comunicación de manera particular. De ahí el atractivo de las llamadas películas gastronómicas, que utilizan la comida como vehículo para el intercambio de afectos, men­sajes, noticias… En 1987 se estrenaron dos películas que dieron un fuerte impulso a este tipo de cine: la notable Dubli­ne­ses, en la que John Huston -sería su última producción- adaptó un relato de James Joyce; y, sobre todo, El festín de Babette, del danés Gabriel Axel.

Axel, que también escribe el guión, toma como base el relato homónimo de Isak Di­nesen para servirnos una película sabia y medida, desamueblada de artificio. Premia­da en Cannes, ganó el Oscar en 1988 a la película extranjera y se ha convertido en un clásico.

Si Dinesen afiló su pluma para contarnos de forma aparentemente suave una historia de gran calado, no lo hizo menos el director danés con su cámara-bisturí. En la mejor tradición del cine nórdico, con una puesta en escena llena de naturalidad, sin alardes ni encuadres que distraigan, Axel escudriña con su objetivo las almas de los protagonistas.

La acción se sitúa hacia 1885 en Berle­vaag, una remota aldea de Noruega donde todo parece de color gris. Allí viven dos hermanas –Filippa y Martine-, hijas de un pastor luterano y “lejos ambas de la primera juventud”. Desde el fallecimiento de su padre se dedican a perpetuar el mensaje de éste y a ayudar a los demás habitantes de Berlevaag, pero su rígida educación puritana les hace vivir a la defensiva, procurando no contaminarse de un mundo hostil que las puede separar de Dios. Durante catorce años antes acogieron en su casa a Babette, una cocinera francesa huída de un París convulso. Con ayuda de la voz en off y de unos sobrios y eficaces flash backs, conoceremos las historias de estas tres mujeres.

El clímax de la película lo constituye la suculenta cena que prepara Babette, y que ella misma insiste en costear, para celebrar el centenario del pastor. A la reunión acudirán los lugareños -cuyas relaciones se han agriado con el paso de los años- y un maduro general al que acompaña su anciana tía. Fieles a su creencia, los primeros han prometido blindar su paladar para no disfrutar del lujo de unos manjares que se les antojan pecaminosos. Y entonces los colores resucitan, y se produce el milagro de la liberación de sus almas y de sus cuerpos, incapaces de comprender hasta entonces que ni la belleza ni el go­zo de las cosas buenas son obstáculos para llegar a Dios y darse a los demás.

El guión adapta fielmente el breve relato de Dinesen, que vale la pena leer (se puede encontrar en su obra Anécdotas del destino, editada por Alfaguara). Ni en el texto original ni en la película hay sensiblería, aunque sí emoción contenida. La escritora lo logra despojando a sus personajes de superfluidades. Axel lo consigue en buena parte con la austera interpretación de Stephane Audran, que dota a Babette -alma de artista- de un protagonismo que va más allá de la mera presencia física.

Película reposada, sencilla y profunda a la vez, homenaje espléndido a la belleza, a la creación artística y a la genuina espiritualidad católica encarnada en la re gastronómica.

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