· Vista hoy, Tiempos modernos tiene una vitalidad y una frescura extraordinarias, en su habilísima conjugación de humor y lirismo.

Tiempos modernosModern Times País/Año: EE.UU., 1936 Dirección, Guion y Música: Charles Chaplin Fotografía: Rollie Totheroh, Ira Morgan Montaje: Williard Nico Intérpretes: Charles Chaplin, Paulette Goddard, Henry Bergman, Chester Conklin, Lloyd Ingraham Distribuidora DVD: Warner Duración: 87 min. Público adecuado: +12 años

Esta película, estrenada en 1936 con enorme éxito, es una de las más celebradas de un genio del cine llamado Charles Chaplin (1889-1977), cómico inglés que empezó a hacer cine en 1914 y concluyó su carrera con La condesa de Hong Kong, en 1967.

Vista hoy, la película tiene una vitalidad y una frescura extraordinarias, en su habilísima conjugación de humor y lirismo, con una bella historia de amor que tiene como escenario las penurias de la gran depresión. La sátira inicial sobre las penosas condiciones laborales en algunas industrias es sencillamente inolvidable, un prodigio se mire por donde se mire (y hay mucho que mirar).

No le va a la zaga el final, uno de los más recordados de la historia del cine, cuando Charlot pide a su novia que sonría y ambos caminan por un largo sendero, alejándose hacia el horizonte. Es la última película en la que Charlot aparece como personaje y supuso la transición de Chaplin al sonoro, con una música llena de divertidos ruidos y con una célebre canción en un idioma inventado.

Tiempos modernos encierra las claves del descomunal talento de uno de los cineastas más importantes del invento. Es una de esas películas en las que tomas conciencia de que un buen guion, uno excepcional incluso, no deja de ser una partitura que hay que interpretar. Chaplin escribe y luego rueda su relato con una creatividad que te deja con la boca abierta. Sabe hacer reír, hacer llorar, hacer pensar. Y en su relato, la música (también suya) actúa como un acelerador de partículas de una eficacia asombrosa.

Se gastan los adjetivos hablando de Chaplin, un cineasta que cuando empezó a hablar dejó de ser interesante o lo fue muchísimo menos. Un asunto curioso. Mucho. Especialmente si se piensa a Chaplin como un realista contumaz: nunca dejó de interesarse por el mundo en que vivía, en la gente, en las personas que pueden ser de una manera o de otra, dependiendo de las decisiones libres que toman, siempre condicionados. Un artista que se dio cuenta de que las cosas se entienden mejor usando una de las manifestaciones definitorias de que el ser humano es algo más que un amasijo de células: el sentido del humor, la risa. Ese compendio misterioso y sublime llamado sonrisa.