Blancanieves

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Pablo Berger borda su adaptación del tradicional cuento de los hermanos Grimm con una cinta que desborda sentimiento y belleza visual.

 Pablo Berger   P. Berger   Kiko de la Rica  Fernando Franco   Alfonso de Vilallonga   Maribel Verdú, Macarena García, Daniel Giménez Cacho, Pere Ponce, Ángela Molina, José Maria Pou, Inma Cuesta, Sofía Oria   Wanda   99 minutos   Mayores de 16 años (erotismo)

Estreno: 28/09/2012

Dos orejas y salida a hombros

Nunca te habían contado la historia así, dice el eslogan promocional de la película -muda y en blanco y negro- de Pablo Berger. Y suena pretencioso. En primer lugar porque, solo en los últimos meses, nos han contado Blancanieves de dos formas radicalmente distintas, una en clave cómica y la otra a modo de cinta bélica. Y en segundo, porque la estrategia estética de Blancanieves es la misma que The artist, la notable y sobrevalorada ganadora de la última edición de los Oscar.

Suena pretencioso… y, sin embargo, no lo es en absoluto porque esta Blancanieves no solo es superior -y radicalmente diferente- a las otras dos adaptaciones recientes del cuento, sino que le da un par de vueltas a la cinta de los Wenstein.

Pablo Berger convierte a Blancanieves en la hija de un torero en la España de los años 20 y, siguiendo la his­toria a pies juntillas, consigue que el cine español ten­ga, por fin, un retrato duro, veraz, tierno y dramáti­co a la vez de lo que es el alma hispana. O, para ser más exac­tos, del alma hispana a principios del siglo XX, an­tes de la guerra que rompió a España por la mitad.

Berger arriesga, se sale de la falsilla guerracivilista y ambienta la historia un poco antes y se pone a beber a los escritores del 98 y a extraer de ellos un retrato que, como todos, es solo un reflejo, pero un buen refle­jo de lo que es el espíritu español. Un espíritu apasiona­do, sensible y sentimental. Cainita. Tan religioso como fes­tivo y que, por eso, une la fe a la fiesta. Dramático. A ratos, oscuro. Luchador, vanidoso y risueño. Y no lo di­ce Berger, lo dicen en esta Blancanieves, Valle Inclán y Unamuno, Machado y los Álvarez Quintero.

La contradicción hispana aparece en este cuento con to­da su fuerza, con el nervio de la pluma de quienes me­jor han sabido describirla: y ahí está el esperpento y la risa, la melancolía y la lucha hasta la sangre, las du­das de fe y los sacramentos. Qué bien ha leído Berger. Qué bien ha reescrito el cuento -dibujando con mi­mo a cada personaje perfectamente interpretados por un reparto sobresaliente- y qué bellamente lo ha “colo­rea­do” (sirva la paradoja).

Porque, si la historia es buena, el envoltorio visual pa­rece la obra de un genio. Una fotografía arrebatadora, una banda sonora -apoyada también sobre la base de la me­jor música clásica española- soberbia y un montaje más exacto que un relojero suizo: clavado al segundo. Hay escenas montadas de tal forma que uno siente el im­pulso de levantarse de la butaca y gritar olé. Y lo dice alguien que no tiene entre sus virtudes el patriotismo y que siempre abominó de los toros. Alguien que duran­te las dos horas que duró la película sintió el hechizo de ser española -a pesar de los pesares-, entendió un po­co más su historia -con sus claroscuros- y atisbó la be­lleza de lo que llaman la fiesta. Olé por Berger. Bra­vo, maestro.

Ana Sánchez de la Nieta

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