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Los descendientes

Alexander Payne vuelve a soñar con el Oscar con un drama que golpea e indulta sus personajes a partes iguales. ****

The descendants, 2011 País: EE.UU. Dirección: Alexander Payne Guión: A. Payne, Nat Faxon, Jim Rash Fotografía: Phedon Papamichael Montaje: Kevin Tent Vestuario: Wendy Chuck Intérpretes: George Clooney, Judy Greer, Matthew Lillard, Beau Bridges, Shailene Woodley, Robert Forster, Nick Krause 115 m. +16 años (temática, lenguaje) Distribuidora: Fox Estreno: 20.1.2012

Bocados de realidad

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Un hombre maduro, atractivo y en la ci­ma de su carrera profesional. Felizmente ca­sado y con dos hijas en la peor de las eda­des: una está entrando en la adolescencia y la otra no termina de salir de ella. Su mu­jer sufre un accidente mortal y queda en co­ma y, justo en ese momento… el mundo es­talla.

Es sorprendente lo que hace Alexander Pay­ne en Los descendientes. A partir de una novela con una historia melodramática bas­tante convencional -el guiño ecologis­ta es eso, un guiño y una subtrama no ex­cesiva­mente conseguida- el director y osca­ri­za­do guionista de Entre copas consigue te­jer una sólida galería de personajes y con­flictos, que son tan veraces y potentes co­mo la vi­da misma.

En las dos horas de metraje no consi­gues sa­cudirte de encima la sensación de que lo que estás viendo es muy vulgar y coti­diano; que entre este Clooney calzado con chan­cle­tas y el vecino del quinto hay pocas di­fe­rencias, que la historia de infidelidad por abu­rrimiento y fragilidad puede ser -des­gra­ciadamente- la de cualquiera y que el seís­mo que provoca este engaño afecta tam­bién a todos por igual. Y, sin embargo, o quizás precisamente por eso -porque la pe­lícula transpira realismo por todos los po­ros- no puedes apartar la vista de la panta­lla.

Payne demuestra además en esta cinta que para conmover no hace falta recurrir al his­trionismo ni caer en la rareza, basta con cap­tar -con maestría, eso sí- la riqueza que en­cierra una persona. Con la ciencia de un buen escritor y su tradicional y ácido humor, Payne pone a cada uno de los persona­jes en el paredón… para después -¡sorpre­sa!- irlos salvando a todos.

Clooney es un gran actor, dudarlo es sencillamente temerario. Ya sabíamos que es de los pocos que puede rematar una película aguantando un interminable primer plano. Pero aquí tam­bién deja claro que supera la prueba que supone llevar una espanto­sa camisa hawaia­na y que es de los pocos que puede hacer una melodramática declara­ción de amor a una esposa en coma (mi amor, mi amiga, mi dolor, mi alegría) sin que nadie suelte una risita nerviosa de vergüen­za ajena. Es más, a mi lado, curtidos y pres­tigiosos críti­cos tragaban saliva. Casi na­da.

Con Los descendientes, Payne vuelve a aca­riciar el Oscar. De momento, su película as­pi­ra a 5 Globos de Oro (película-drama, di­rec­tor, guión, actor -Clooney- y actriz secun­daria -Shailene Woodley), sólo superada por The artist, con 6, e igualada con Cria­das y señoras. Clooney aspira a más Glo­bos por Los idus de marzo, que dirige y es­cribe.

Ana Sánchez de la Nieta