En Estados Unidos comenzó trabajando con un director de la talla de David W. Griffith y uno de los últimos en dirigirle fue nada menos que John Ford en la obra maestra Centauros del desierto.

Su verdadero nombre era Antonio Garrido y Moreno Monteagudo pero, como él mismo recordaba en una entrevista en 1927, los apellidos Garrido y Monteagudo eran de muy difícil pronunciación en inglés, por lo que optó por recurrir a su apellido materno, descartando la opción de un pseudónimo, que no le gustaba. Así pasó a la posteridad Antonio Moreno, cuya estrella figura desde los inicios en el Paseo de la Fama de Hollywood. Sin embargo, su nombre se ha olvidado tanto en Estados Unidos como en España.

La periodista y directora Mar Díaz ha dedicado varios años a investigar y seguir la huella de este galán español que trabajó con los más grandes. Gracias a ella y a su excelente documental, The Spa­nish Dancer, ahora muchos pueden conocer la apasionante trayectoria profesional de este actor, que también probó suerte como director. Este trabajo se presentó en la Seminci de Valladolid en 2015, pero continúa una exitosa trayectoria por festivales de cine, acaparando premios como los recientes en México y Andalucía. Tras el documental, Mar Díaz prepara un libro y una exposición para los que contará con la abundante documentación que ha recopilado a lo largo de todos estos años.

Antonio Moreno nació el 26 de septiembre de 1887 en la calle Alcalá, en Madrid, aunque poco después su familia abandonó la capital para instalarse en Sevilla. Huérfano de padre militar, se vio en la necesidad de vender pan en la calle con apenas 9 años. En busca de nuevas oportunidades decidieron trasladarse al campo de Gibraltar, donde aún le recuerdan con cariño, porque su madre vivió allí el resto de su vida. Tuvo la suerte de conocer a dos norteamericanos, un abogado y el sobrino de quien sería alcalde de Nueva York, que se interesaron por él y se ofrecieron a prestarle ayuda: le pagaron los estudios en un colegio de Gibraltar para que aprendiera inglés. Estos dos protectores tenían negocios en Andalucía y venían con frecuencia, por lo que en 1902, en uno de esos viajes, propusieron a Antonio Moreno que se marchara con ellos a Estados Unidos para perfeccionar el idioma. A pesar de tener solo 14 años, se animó a acompañarles en una decisión que cambiaría por completo su vida. Pagaron el viaje, los estudios y su alojamiento hasta que el más potentado de ellos murió y empezó a depender de sí mismo.

Antonio Moreno
Antonio Moreno, todo un galán de cine en Hollywood.

Trabajó como electricista, ganando 10 dólares a la semana, que no le daban para comer, y como ayudante en una joyería. Tras ocho años de sacrificio en Nueva York, logró reunir el dinero suficiente para regresar a España y reencontrarse con su madre, pero cinco meses después emprendió de nuevo viaje en barco hacia la gran metrópolis. Durante la travesía tuvo la fortuna de conocer a dos actrices que le animaron a probar suerte en los escenarios. Al llegar le presentaron a un importante empresario teatral que le dio su primera oportunidad, que no desaprovechó en absoluto. Dos años después de triunfar en Broadway firmó un contrato con la compañía neoyorquina Biograph, en la que cobraba 40 dólares semanales y donde coincidió con David W. Griffith (El nacimiento de una nación) y Mary Pickford. Su carrera siguió fulgurante y poco después era Metro-Goldwyn-Mayer, es decir Hollywood, la que requería sus servicios. Gracias a sus personajes de galán, tuvo como compañeras de reparto a algunas de las más importantes actrices del momento como Lilliam Gish, Gloria Swanson, Pola Negri o Greta Garbo.

En 1927 regresó a España y aprovechó para rodar en Sevilla el documental En la tierra del sol, dado por perdido hasta hace relativamente poco. Ese año confesó haber ganado más de 40.000 euros a lo largo de su carrera, en un momento en el que el salario medio de la época en España ascendía a 0’04 céntimos al día, es decir habría necesitado trabajar un millón de días (2.740 años) para ganar lo que él. Su situación personal no es menos mala que la económica o la profesional: era feliz junto a su esposa, la californiana Daisy Canfield, hija de un magnate del petróleo, y vivía en un lujoso palacete, Crestmount, al que acudían con regularidad invitados de lujo como Buster Keaton (El maquinista de la General) o Errol Flynn.

Antonio Moreno también se sintió atraído por la dirección y consiguió los medios para filmar su opera prima en México, Santa, considerada la primera película sonora de este país. Gracias a este trabajo, su aportación al cine del país azteca es de gran valor aunque no tanto en su faceta de actor. Durante su estancia allí conoció a otro gran cineasta, el ruso Sergei M. Eisenstein (El acorazado Potemkin).

Su mujer falleció en un accidente de tráfico en 1933, el mismo año en el que, tras separarse, ambos habían dado a entender públicamente que pronto se reconciliarían. Entonces tenía 46 años y nunca más volvió a casarse. Al parecer, las circunstancias del accidente no fueron muy claras, por lo que algunos dudaron de la versión oficial. Otro desgraciado suceso en el que se vio envuelto fue la muerte de un amigo, el director William Desmond Taylor, ya que el escritor Sidney Kikpatrick sugirió que Antonio sabía más de lo que en su momento declaró sobre esta muerte.

Antonio Moreno
150 películas jalonan la carrera artística de Antonio Moreno.

Cuestiones turbias al margen, tuvo la oportunidad de rodar a las órdenes de un español, el onubense Francisco Elías, a mediados de los años 30. Casualmente, éste también era un pionero del cine sonoro, solo que en España; asimismo compartiría con él un fuerte vínculo cinematográfico con México: rodó en este país varias películas tras abandonar España al término de la Guerra Civil. En María de la O el personaje de Antonio Moreno, Pedro Lucas, parecía inspirado en su propia vida porque encarnaba a un hombre multimillonario, en este caso pintor, que regresaba a España después de muchos años de ausencia semiobligada. Pese a ser una de las películas más caras realizadas durante la II República, su estreno hubo de postergarse hasta mucho después de terminar la Guerra Civil.

En Estados Unidos comenzó trabajando con un director de la talla de David W. Griffith y uno de los últimos en dirigirle fue nada menos que John Ford en la obra maestra Centauros del desierto donde, caracterizado como el mexicano Emilio Figueroa, da réplica a John Wayne. Los 44 años transcurridos entre una y otra convierten la trayectoria profesional de Antonio Moreno en una de las más prolongadas en el tiempo, además de respetada y prolífica (más de 150 películas).

A finales de los años 50, cuando su trayectoria estaba llegando a su fin, se embarcó en otro proyecto como director; esta vez sería en Cuba, pero la suerte, que tantas veces había estado de su lado, no le favoreció nada en este caso: la revolución castrista se cruzó en su camino y el proyecto no prosperó.

A partir de la Navidad de 1966 su estado de salud empezó a resentirse hasta que finalmente falleció de un ataque cardíaco en su casa de Beverly Hills. Era el 15 de febrero de 1967 y con su muerte comenzaba un largo olvido que ha contribuido a romper en fechas cercanas el documental The Spanish Dancer, de Mar Díaz.