Salvar al soldado Ryan

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Spielberg salva al soldado Ryan en el desembarco de Normandía

Tras la visión de esta película el público abandona la sala en silencio, extenuado, como quien ha permanecido un mes enfangado hasta las cejas en una trinchera. Al cabo de unos minutos, cuando empieza a disiparse el shock, intentas recordar otras películas de hazañas bélicas y te da la sensación de que cualquier película de guerra anterior no es nada comparada con esta. Coppola dijo de su Apocalipsis now que no era un film sobre el Vietnam, sino el Vietnam mismo. Salvar al soldado Ryan no es una película sobre la II Guerra Mundial, es mucho más que eso. Es el zumo rojo de la guerra. Es el retrato brutal de los hombres perdidos en el espanto de la primera línea de combate. Es una disección con bayoneta del horror bajo el silbido del fuego cruzado y las balas trazadoras, que arrancan miembros y destrozan cuerpos sin gloria ninguna. Spielberg ha seguido a Dante y ha cruzado las puertas del Infierno sobre las que un cartel nos avisa de que olvidemos toda esperanza; y allí, en mitad del ruido y la locura, abandona al espectador.

Nuestra barcaza se aproxima a la playa de Omaha, entre vómitos y oraciones, nada de arengas triunfales. El desembarco es espeluznante, sin concesiones. Durante los primeros treinta minutos sobre la arena de Omaha Beach revolotean los espíritus de Kurosawa y de Samuel Fuller y hasta del mismísimo Goya y sus Desastres de la Guerra. Los ojos de Tom Hanks penetran absortos en el caos entre hombres que llaman a sus mamás y soldados que buscan sus despojos perdidos bajo una lluvia incesante de cascotes. La cámara se pasea nerviosa, con goterones de sangre, tal como lo haría el más temerario de los reporteros. La muerte se ve y se adivina en primer, segundo y hasta tercer plano dando una sensación de realidad y desazón que resultan insoportables. Y en mitad de todo aquel horror, la soledad. Decía Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas que morimos como soñamos: sólos.

La trama es sencilla, que no simple, la cual nos permite profundizar hasta el fondo en el asunto. Al capitán Miller, Tom Hanks, le ordenan buscar a un tal soldado Ryan, un soldado como otro cualquiera, sin estrellas ni medallas, con el único mérito de ser el superviviente de cuatro hermanos. La misión de Miller será devolverlo sano y salvo a su madre. Para ello estará al mando de un pelotón de hombres que no entienden el sentido de sacrificar ocho vidas para salvar una.

Spielberg se ha vuelto a calzar las espuelas de las grandes historias y ha rodado toda la secuencia del desembarco a toma única en una playa irlandesa, tal como hacía John Ford.

Una gloriosa fotografía imperfecta es la perfecta atrapa-imágenes de esta película, con unas tonalidades descoloridas y una cámara que se mueve entre espasmos. Janusz Kaminsdi ha despojado a su cámara de filtros, dejando una fotografía desnuda, pálida y apagada de texturas realistas.

Hanks será para siempre el capitán Miller

Destaca la maestría del uso del sonido, no sólo en los casquillos que saltan a cada paso, o las explosiones, sino también el de las escenas de lluvia donde te sientes literalmente calado.John Williams  arranca sentimientos donde no los hay.

Los actores están soberbios del primero al último. Tom Hanks será para siempre el capitán Miller. El hombre normal en situación anormal que piensa cada noche en las bajas que ha tenido, que posee un pulso reventado de parkinson y que se esconde de sus hombres para llorar amargamente.

En suma, una obra maestra de visión obligada. Una película que deja flotando en el aire la palabra sacrificio… Y una pregunta que se clava al final en la mente del espectador: ¿Vivimos dignamente? ¿Somos buenas personas? Una pregunta que deberíamos hacernos más a menudo.

Juan Velarde

Dirección: Steven Spielberg

Intérpretes: Tom Hanks, Edward Burns, Matt Damon, Tom Sizemore

EEUU 1998.

Estreno en España 18/09/1998