El código Da Vinci, estreno 19 de mayo

Cercano el estreno de la película de Ron Howard, Sony, productora y distribuidora de la cinta, ha hecho llegar a la prensa especializada el pressbook de El código Da Vinci. Se evita -en la sinopsis, en la descripción de personajes y en las declaraciones del equipo técnico y artístico- la más mínima referencia a asuntos que puedan ofender a las personas que creen en Jesucristo.

Entre otras cosas el pressbook señala que “en la novela, Dan Brown sostiene que el Priorato de Sión es una organización real fundada en 1099, y que una serie de pergaminos que se encuentran en la Biblioteca Nacional de París revelan que entre sus miembros se hallaban destacadas figuras de la literatura, el arte y las ciencias. Sin embargo, los documentos de la Biblioteca Nacional han resultado ser modernas falsificaciones depositadas allí por Pierre Plantard, que admitió haber “fundado” el Priorato junto con tres amigos en 1956, para reírse un rato. Él fue nombrado Gran Maestre del Priorato en 1981. En los falsos documentos y manuscritos, que han llegado a ser conocidos como “Dossiers Secrets”, se afirma que la organización secreta fue fundada en 1099 por Godefroy de Bouillon, que guió al primer ejército que partió hacia Jerusalén en la Primera Cruzada y fue el primer soberano de la reconquistada Tierra Santa. También se dice que fue obra del Priorato la creación de los Caballeros Templarios, de los que, al parecer, se separaron unos cien años más tarde”.

Algo sobre la novela y su recepción

En 2003, Dan Brown publicó El código Da Vinci. Brown (Exeter, New Hampshire, 1964) aplicó las bien conocidas técnicas del bestseller esotérico a una historia de crímenes, persecuciones y misterios en torno a un secreto secretísimo guardado por gente perversísima: Jesucristo no era Dios, tampoco fue célibe. Se casó con María Magdalena, que estaba embarazada al morir Jesús. A María Magdalena le confió la Iglesia. Pero Pedro dio un golpe de estado y la apartó, comenzando una tradición multisecular de antifeminismo eclesial. El santo grial no era la copa de la Última Cena sino el propio cuerpo de María Magdalena, que huyó lejos con la ayuda de José de Arimatea y dio a luz una niña, iniciando una dinastía. La malvada Iglesia católica ha venido tapando desde entonces las evidencias materiales de esta verdad, presentando a un Cristo falso, el Cristo de la Fe, que poco tiene que ver con el Cristo de la Historia.

La acogida de la prensa

El entusiasmo de la crítica especializada no se hizo esperar. «Este libro es el más tonto, inexacto, poco informado, estereotipado, desarreglado y populachero ejemplo de pulp fiction que he leído», escribió Peter Millar en el diario londinense The Times (21-VI-2003).

Ya se ve que hay lectores que no se fían en demasía de los críticos literarios: al menos 40 millones compraron el libro, una oportunista versión de la teoría de la conspiración, enésima variación de las fantasías gnósticas, con su inevitable envoltorio de seriedad cientifica, cacareado de manera pomposa en el prólogo del libro por el autor. Sería interesante saber cuantos de los que compraron el libro, después de leer la novela de Brown, coinciden con el dominante juicio despectivo de los periódicos más conocidos del mundo.

En España, el escritor Francisco Casavella (autor de la novela en la que se basa la película El triunfo, de Mireia Ros) escribía en Babelia, el suplemento cultural de El País un comentario de aupa: «El problema de El código Da Vinci -señala Casavella– no es que tienda al grado cero de escritura. Ni que sea aburrido, prolijo donde no debiera, torpe en las descripciones y en la introducción de datos sobre ese interesantísimo y originalísimo misterio en torno al Santo Grial, Leonardo y el Opus. Tampoco es un problema que repita esos datos en páginas contiguas para que hasta un hipotético «lector muy tonto» llegue a asimilarlos. Ni que escamotee ciertos fundamentos de la trama del modo más grosero hasta que resulten útiles y entonces se les haga aparecer del modo más burdo. Ni importa que las frases sean bobas, y bobas sean también las deducciones de unos de quienes se nos comunica, pero no se nos describe su inmensa inteligencia. Ni que su autor carezca de la mínima «astucia narrativa», y no lo comparo ahora con Chesterton, sino con una anciana a la que han timado en la pescadería e intenta atraer nuestra atención con cierto suspense en el relato.

Tampoco importa que los diálogos carezcan de toda naturalidad, sino que cometan la aberrante indecencia de que ni se finjan comunicación entre personas, que se dialogue con el único objeto de que el lector sepa lo instruido que es el autor. Tampoco se puede pasar por alto que el autor no sea, al fin y al cabo, instruido.

Se puede perdonar todo, lo que no se puede perdonar es que esta novela se promocione y no sólo por los canales publicitarios convencionales, como un producto de cierto valor. Para entendernos, Dan Brown y su código tienen que ver con la novela popular lo que Ed Wood con el cine.

Es completamente legítimo, aunque no siempre se idóneo, que una editorial se preocupe por la comercialidad de sus productos y todos nos alegramos de su éxito, pero no se puede insultar a una tradición de grandes artistas y de artesanos competentes con algo tan miserable.

Y no puedo dejar de felicitar a las editoriales de todo el mundo que en su día rechazaron la publicación de esta infamia y ahora no se arrepienten. Es la demostración de un resto de dignidad, no sólo en el mundo editorial, sino en el sistema mercantil».

Algunos datos de la producción cinematográfica

Con un presupuesto estimado de 125 millones de dólares, la película está producida por Brian Grazer. El autor de la novela, Dan Brown, es productor ejecutivo. El director Ron Howard (Willow, Apolo XIII, Una mente maravillosa, Cinderella Man) encomendó el guión al neoyorkino de 43 años Akiva Goldsman (El cliente, Batman forever, Tiempo para matar, Batman & Robin, Yo, robot, Una mente maravillosa, Cinderella Man).

El código Da Vinci se rodó en diferentes localizaciones europeas y en los estudios británicos Pinewood y Shepperton. Aunque se rodó en el Museo del Louvre, fue necesario reproducir la Gran Galería en un estudio para que la mayor parte de la acción pudiera desarrollarse en un ambiente más controlado, lejos de las obras maestras del museo. Para ello, el diseñador de producción Allan Cameron construyó secciones del museo en el plató «James Bond» de los Estudios Pinewood, a las afueras de Londres.

También se construyeron otros platós en los Estudios Shepperton, al sudoeste de Londres, para recrear, por ejemplo, el interior de Saint-Sulpice y varias habitaciones del Château Villette, residencia de Leigh Teabing.

Ficha Técnica

  • País: EE.UU. (The Da Vinci Code, 2006)
  • Fotografía: Salvatore Totino
  • Música: Hans Zimmer
  • Distribuidora: Columbia
  • Estreno: 19.05.2006
Reseña Panorama
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Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor