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La cena de los idiotas

Siente a un idiota en su mesa

Hoy en día nadie pone en duda lo importante que es en el cine una buena fotografía, una acertada interpretación o un ajustado montaje. Pero todos sabemos de películas que, aunque sobradamente reconocidas por su factura en estas y otras áreas cinematográficas, siguen siendo obras fallidas.

La mejor virtud de La cena de los idiotas: un magnífico guión de hierro con los engranajes bien lubricados.

Sin embargo, cuando se tiene un buen guión original y con ritmo es hasta difícil hacer una mala película. Y esta es la mejor virtud de La cena de los idiotas: un magnífico guión de hierro con los engranajes bien lubricados. Donde todo va fluyendo desde una situación inicial que se enreda para luego desenredarse, para luego volver a enredarse… y así, caminando con paso firme hacia un final, recordando aquellas comedias de Billy Wilder donde todo está milimétricamente calculado, donde parece que no están pasando grandes cosas, cuando realmente estamos presenciando una revolución, cuando se están poniendo bocabajo todas las premisas de las que partíamos.

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La cena de los idiotas arranca de una situación única. La cena que mensualmente organiza un grupo de hombres de negocios. A ella invitan a individuos que por algún motivo les han deslumbrado con su cortedad intelectual.

Basada en una obra de teatro escrita por el propio director y guionista Francis Veber, su adaptación cinematográfica deja entrever su procedencia de los escenarios, pues apenas cuenta con localizaciones, y está narrada casi en tiempo real. Los actores se muestran cómodos en unos papeles que serán difíciles de apreciar en todos sus matices en la versión doblada. Durante una noche, que es todo menos tranquila, vamos conociendo a los personajes a la vez que éstos se conocen entre sí, y se entrecruzarán los productores belgas con el Olimpic de Marsella y hasta la mismísima Hacienda, creando un cócktel que puede estallar en cualquier momento, donde cualquier cosa que se diga o se haga puede volverse en tu contra como un boomerang.

Y es que, parafraseando en versión libre a la madre de Forrest Gump, que de idiotas sabía un rato, idiota es aquel que hace idioteces.