Séraphine

Ganadora de 7 premios César (incluidos mejor película, guión y actriz), Séraphine es una película deliciosa, bellísima y profunda en su sencillez narrativa.

- Anuncio -

Dirección: Martin Provost Guión: M. Provost, Marc Abdelnour Fotografía: Laurent Brunet Montaje: Ludo Troch ·Música: Michael Galasso Intérpretes: Yolande Moreau, Ulrich Tukur, Anne Bennent, Geneviève Mnich, Nico Rogner Duración: 125 m. Público apto: todos los públicos Distribuidora: Golem

Francia/Bélgica (2008). Estreno en España: 8.5.2009

La justa triunfadora en los César

Séraphine de Senlis fue una señora de la limpieza y pastora que vivió una vi­da aparentemente anodina. Vivía sola y realizando trabajos de servicio mal remunerados. En 1912 se encarga de limpiar la casa de Wilhelm Uhde, un importante marchante de arte alemán fascinado por la ingenuidad de pintores de primitiva modernidad como Rousseau. Una noche Uhde des­cubre casualmente un cuadro pintado por la señora que limpia su casa…

La historia era poco conocida y daba mucho de sí, pero también resultaba muy peligrosa a la hora de acertar con el enfoque. Más teniendo en cuenta que el per­sonaje principal no es una simple artista sino una verdadera visionaria: alguien convencida de que el arte es un don divino (ella dice que fue su ángel de la guarda quién le pidió que empezase a pintar). En concreto, Séraphine pinta cantando y rezando lo que ha aprendido en su trabajo durante una década en un convento. Así se ve por ejemplo en un momento de creación en el que Séra­phi­ne pinta mientras canta el Veni Creator. Esta profunda religiosidad choca con el agnosticismo de Uhde, homosexual y distante de la religión católica. “Mi trabajo –dice Provost– fue ponerme al servicio de los personajes”. Y lo ha hecho: el espectador tiene una nítida sensación de libertad, de poder moverse dentro de personajes de una sensibilidad extrema que a veces rozan la locura.

La interpretación de Yolande Moreau es realmente prodigiosa, una verdadera mimesis que escapa de los tópicos de interpretación de personajes de este tipo, matizándolo y evitando los excesos. Por otro lado, la fotografía y el vestuario enriquecen la profundidad de la historia. “Fui muy exigente a la hora de escoger los colores -afirma Provost-. Ningún color cálido fuera de los cuadros de Séraphine, ni en los decorados ni en el vestuario. Verdes, azules, negros, nada de blanco”. De esta manera se acentúa la dialéctica entre la crueldad que rodea a Séraphine (maltratada por una sociedad elitista y distante) y la belleza de su intimidad que sólo desvelan sus cuadros.

El tempo de la película es necesariamente lento, con pausas y reflexiones muy justificadas por los temas que está tratando: el origen de la inspiración de una mujer inculta, el don de saber mirar, la relación de un artista con el Creador. Estas ideas se desarrollan con sencillez, marcando distancia con cierta tendencia intelectualoide y pedante de buena parte del cine francés actual. Resulta así una verdadera delicia contemplar por dentro y por fuera una película tan bella, tan sencilla.

Claudio Sánchez

Alberto Fijo
Alberto Fijo
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor