Un domingo cualquiera: Demasiada intensidad

Oliver Stone se ha ganado a pulso una buena fama de hurgador en la conciencia nacional norteamericana. Con Un domingo cualquiera le toca el turno al mundo del deporte, representado por el fútbol americano.

Stone pone su cámara en la frontera entre la épica deportiva y la brutalidad. Narrando con rigor hiperrealista, con el objetivo a la altura del estómago, hundiéndose en las calamidades de la trastienda del espectáculo, en el fango por donde deambulan un montón de individuos medio locos por los músculos, la gloria efímera y el dinero. Pero sus personajes no parecen humanos. Su existencia se limita a la esfera del campo de fútbol y a las fiestas posteriores. Y cuando Stone penetra en otros ambientes, en sus familias o en sus relaciones pseudoamorosas, lo hace como un elefante en una cacharrería, dejando destrozado cuanto tocan esos hombros.

La película está rodada al grito de “ni un segundo de descanso”, según el esquema: partido, vestuario, fiesta, partido, vestuario, fiesta, partido y en medio algún entrenamiento, algo de lucha económica y algo de retrato familiar; escondiéndose por aquí y por allá retratos de sus humanidades devastadas por la búsqueda del simple éxito a cualquier precio. Así, los partidos están retratados como una coreografía salvaje, una auténtica batalla campal de hermosos planos bajo la lluvia, de poesía brutal a sangre y fuego, de ritmo vertiginoso y cámara lenta que dilata y encoge el tiempo como un acordeón. Hay poca diferencia entre los jugadores del Miami Sharks y los desorientados soldados con los que Stone cruzó las selvas vietnamitas en Platoon. Es un grupo conjuntado por la necesidad de sobrevivir, pero a diferencia de Platoon, aquí no hay ningún buen sargento Elias que refleje la cara amable de todo este universo. Son hombres que buscan la intensidad en sus vidas pero solo alcanzan a encontrar la mediocridad del simple reconocimiento por el público. Las fiestas no pasan de ser sino unas bacanales, el descanso del guerrero, donde la mujer pasa a un simple objeto de deseo en brazo de estos gladiadores. Y es en los vestuarios donde Stone retrata con mayor crueldad a sus hombres, donde lloran como niños y los despoja totalmente de aquello que se llama pudor.

El entramado formal que levanta Stone es el que nos tiene acostumbrados desde Asesinos natos, convirtiendo cada película en un laboratorio donde ensaya todas las posibilidades que le da el montaje, que ya consiguió su cima con JFK, película estudiada en todas las escuelas de cine del mundo como ejemplo de cómo exprimir los planos en la moviola. Así, el director parece que llega al set de rodaje sin una idea previa, coloca tres o cuatro cámaras a rodar y luego lo mete todo en una coctelera, por eso la mayoría de sus películas están rodadas a grandes trazos, en planos de apenas unos segundos, que son como pinceladas impresionistas, que en primer plano no se logra distinguir el resultado, pero en la distancia del tiempo y el espacio le da perspectiva y se vislumbra el conjunto del cuadro.

Stone es un buen director, pero tiene el problema de no saber deshacerse de material rodado, creando escenas de innecesaria tensión. Por ejemplo, si Al Pacino tiene una simple conversación con un jugador de fútbol, mientras que cualquier director rodaría plano general de la escena y plano y contraplano de los personajes, Stone rueda de la siguiente manera: plano de Al Pacino, plano de jugador, plano de una tormenta que se inventa para la ocasión, venga o no venga a cuento, plano de la escena de cuadrigas de Ben-Hur que casualmente aparece en televisión. Todo esto haciendo que cada plano dure cada vez menos tiempo, convirtiendo la simple conversación en un momento de auténtico clímax. Pero las películas no sólo necesitan clímax, pues para que estos funcionen necesitan de anticlímax que los realcen, y de esto adolece esta obra, convertida en un ejercicio tremendista de demasiada intensidad.

Ficha Técnica

  • Fotografía: Salvatore Totino
  • País: EE.UU.
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Reseña
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Escritor de relatos de terror y misterio, y guionista de cine y televisión. Admirador de Ford, Kurosawa, Spielberg y Hitchcock, no necesariamente en este orden