Lupin: Un ladrón de guante blanco

La situación por la que pasan actualmente las salas de cine es, cuando menos, triste; pero, si algo tengo cla­ro, es que este hecho ha desembocado en un mayor protagonismo de las plataformas digitales, que an­tes, en ocasiones, manteníamos con una cuota mensual que apenas amor­tizábamos por falta de tiempo en el hogar.

Esto ha cambiado de forma radical nuestros hábitos cinematográfi­cos y, si durante la semana pensába­mos en aquel título con el que íba­mos a disfrutar en la gran panta­lla el sábado por la tarde, ahora el pen­samiento fluye en dirección a la te­levisión que tenemos en casa. Es cu­riosa la proliferación de plasmas de grandes dimensiones e incluso pro­yectores caseros para la elección de esa recomendación de algún amigo o familiar del que nos fiamos plena­mente.

Este es el caso de Lupin, maravillosa recomendación que agradezco co­mo el preciado regalo que fue, pa­ra el deleite de un fin de semana llu­vioso.

La serie, perteneciente a la plata­for­ma Netflix, está disponible en su primera temporada, pero con la pro­mesa de volver en los días es­ti­vales con una segunda entrega.

El personaje -eje de la producción de la plataforma de streaming-, aun­que se llame Lupin, no es Arsenio Lu­pin: se trata de un hombre llamado Assane Diop, que decide seguir los pasos del que fue creado por el es­critor Maurice Leblanc (de nombre completo, Maurice-Marie-Émile Leblanc), nacido en Ruan en 1864.

Lupin (2021)
Lupin (2021)

Leblanc cursó estudios en diferentes ciudades europeas, dedicándose, en un principio, al negocio familiar y formándose, por imposición pa­terna, en leyes (como ocurrió con otros autores, como Tolstói, García Már­quez, Kafka o Cernuda), sin de­dicar su vida posterior al derecho, en un acto de reivindicar su verdadera vocación.

Tras fracasar como novelista, comienza su andadura en un periódico (Je suis tout), escribiendo, por en­car­go y a regañadientes, varias en­tre­gas de un personaje que debía parecerse a Sherlock Holmes, y que, sin saberlo, lo catapultaría a la fa­ma. Su nombre era Arséne Lupin.

Dicha creación dio fruto durante vein­ticinco años, en los que escribió nu­merosos títulos de un personaje res­ponsable de la invención del término que hacía referencia al nuevo ti­po de delitos que se cometían a prin­cipios de los años veinte y cuya tra­ducción llegó a nosotros como «La­drón de guante blanco» (gentleman cambrioleur), o como dijo Jean Paul Sar­tre: «Cyrano de los bajos fondos».

En la serie, el personaje, aunque la­drón, consigue que el espectador em­patice inmediatamente con él, ya que su finalidad es buscar la justicia y vengar la muerte de su padre.

Para colmo de bienes, la producto­ra ha elegido un rostro del que todo el mundo se enamoró en 2011 con In­tocableOmar Sy-, y que vuelve a regalar su maravillosa sonrisa en cada capítulo.

Intocable, una película universal
Intocable, una película universal

En el plano antagonista, encontramos un apellido –Pellegrini– que lo acompaña como hilo conductor de sus fechorías.

No es la primera vez que Leblanc po­ne dicho personaje en manos del mun­do audiovisual, de hecho, tenemos versiones para todos los gustos, in­cluso en el mundo de la animación japonesa.

Entre 1908 y 1914 se realizaron cuatro cortometrajes con dicha te­mática. En 1916, 1917 y 1923 fueron los primeros largometrajes y es en 1932, cuando una elegante pelí­cu­la, de la mano de Jack Conway, cuen­ta una historia basada en la no­vela y que recibe su nombre.

George Fitzmaurice dirige en 1938 una versión en blanco y negro ti­tulada Arséne Lupin returns, donde el famoso ladrón se ha reformado y ayuda a unos detectives a seguir la pista de un delincuente.

En 1944, con Enter Arsenio Lupin, se nos cuenta la historia de una rica joven que no es consciente de todo lo que posee, mientras una ban­da de ladrones están al acecho.

Las aventuras de Arsenio Lupin (1957), dirigida por Jacques Becker, narra cómo el káiser Guillermo de Alemania decide secuestrar a Lupin, para ver si puede encontrar el es­condite de una importante joya que tiene en su poder.

En 1962, Eduard Molinaro dirige una historia sobre el hijo de Lupin, ba­jo el título de Arséne Lupin contre Arséne Lupin.

Arsène Lupin
Arsène Lupin

Poco más que mencionar en cuan­to al mundo del celuloide, hasta que, en 2004, Jean Paul Salomé in­tro­duce rostros femeninos tan cono­ci­dos, como Eva Green y Kristin Scott Thomas, en una trama más des­tinada a contentar a un público jo­ven y encaminada al steampunk.

En el plano televisivo, encontra­mos una miniserie de 1961, con guion de Narciso Ibáñez Serrador, ba­sado en la novela de Leblanc, que for­maba parte de un ciclo lla­mado Obras Maestras de la Intriga.

Entre los años 1971, 1973 y 1974 se emitió en Francia una versión, de enor­me éxito, con la intervención de actores de la talla de Jean Paul Belmondo, y durante los años 80 y 90 otras dos dirigidas por François Dunoyer y Pascal Morelli, respectivamente.

Lo curioso es que la fama llegó con el mundo de la animación, que cau­tivó a un público infantil que, du­rante los años 90, disfrutaron de es­te talentoso personaje.

La historia estaba basada en un có­mic manga, creado e ilustrado por Ka­suhizo Kato -también conocido co­mo Mokey Punch– y publicada en la revista japonesa Weekly Manga Action. Narraba las aventuras del nie­to de Arsenio Lupin (de ahí su nom­bre, Lupin III) y fue llevada a las pantallas de la mano de los creadores del Studio Ghibli: Isao Takahata y Hayao Miyazaki. Aunque sus orígenes se remontan a 1967, no llegó a nuestro país hasta mucho más tarde.

Lupin III: The First (2019)
Lupin III: The First (2019)

Este estereotipo de ladrón, de cor­te elegante y en aras de ridiculi­zar al rico corrupto, está presente en multitud de películas, algunas de ellas basadas en novelas, donde se re­pite la búsqueda de la amabilidad de la visión del espectador, que se po­ne del lado del malo-bueno, para per­mitir que el justiciero haga su tra­bajo.

Un primer ejemplo sería Robin Hood, en sus múltiples versiones (me quedo con la de Errol Flynn), o el personaje de Thomas Crown, en sus dos manifestaciones cinema­to­gráficas encarnadas por Steve McQueen (1968) y Pierce Brosnan (1999). Continuaría con el glamour de Cary Grant, de la mano de Alfred Hitchcock, en Atrapa a un ladrón (1958), o la hilaridad que sigue pro­duciendo La pantera rosa (1963), con el ingenio de Blake Edwards, y más recientemente, Ocean’s Eleven, jun­to a sus secuelas y su malograda ver­sión femenina (Ocean’s 8).

No podemos olvidar cintas como Atra­co perfecto (1956), de Stanley Ku­brick, o la delicia de ver, bajo la di­rección de William Wyler, a dos de los más ele­gantes actores de la épo­ca, como Pe­ter O’Toole y Audrey Hepburn, en Cómo robar un mi­llón y… (1966).

Atraco perfecto
Atraco perfecto

Curiosa la mezcla de magia y hur­to en un filme de este mismo cor­te, que no dejó impasible al públi­co (aunque algunos la tachen de frau­de), ni con la primera entrega, ni con la saga: me refiero a Ahora me ves (2013) y su segunda entrega (2016).

Y para terminar, no se debe olvidar The Italian Job (1969), con Michael Caine, o su remake de 2003; po­niendo puntos suspensivos por tan­tos otros títulos que me dejo en el tintero.

Aunque algunos tilden la serie de Netflix de poco original e incluso de­masiado previsible, en ella encontramos un buen rato de entretenimiento sin elementos soeces y sin la búsqueda fácil de la mirada del es­pectador con escenas demasiado su­bidas de tono. Una serie para disfrutar y desviar, por un momento, la atención de la catástrofe a la que es­tamos diariamente sometidos por par­te de los noticiarios.

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