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Esta tierra es mía

Esta tierra es mía es una película maravillosa, grande, ap­ta para llenarse de esperanza y de valor en tiempos difíciles.

This land is mine País/Año: EE.UU., 1943 Dirección: Jean Renoir Guión: Dudley Nichols, J. Renoir Fotografía: Frank Redman Montaje: Frederic Knudtson Música: Lothar Perl Intérpretes: Charles Laughton, Maureen O’Hara, George Sanders, Walter Slezak, Kent Smith, Una O’Connor Distribuidora DVD: MPO Ibérica 103 min. Todos los públicos

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Segundo largometraje de los cinco que el director francés hizo durante su exi­lio en suelo estadounidense. Una pe­lícula por encargo sobre la defensa de los derechos humanos y contra la tiranía que supuso la ocupación nazi de Fran­cia, pero que supera la calificación de cine propagandístico y crece en humanidad y lirismo gracias a tres factores: la pericia de Jean Renoir, capaz de aunar el romance con el suspense, el dra­ma, la acción, la didáctica y la de­nuncia social; el sobresaliente guión de Dudley Nichols y la camaleónica ca­pacidad interpretativa de Charles Laughton.

Como en La diligencia, de Ford, que Ni­chols escribió cuatro años antes, en es­te lugar indeterminado de la geografía gala un puñado de personajes se ven obligados a desenvolverse en una si­tuación extrema que hace aflorar la ver­dadera naturaleza de las personas y sus intenciones abyectas y nobles.

Entre todos los personajes atrapados por sus miedos, sus compromisos y su am­bición, de los que Nichols hace un bri­llante retrato psicológico, destaca el pro­fesor Albert Lory (Laughton), maes­tro de escuela solterón y timorato, se­cretamente enamorado de su compañera (Maureen O’Hara, actriz fordiana, por cierto), que vive con su protectora ma­dre, más aterrorizada que él de la so­ledad en la que podría sumirle el matrimonio de su hijo. Lory experimenta un arco de transformación asombroso y emocionante a lo largo del filme, cu­yo punto álgido es su defensa en el juicio y la declaración de amor, dignas de un parlamento de Shakespeare.

El propio Bardo está presente en varias citas que funcionan como auténticas metáforas, recurso continuamente em­pleado por Renoir -la paloma, la ro­sa, el cigarrillo, esas hojas arrancadas de los libros, el reloj que constantemente pone en hora la madre…, símbo­los del ansia de la libertad, la pérdida del honor, la maduración personal, la de­fensa de la verdad, el control y el pro­teccionismo, etc.

Una película maravillosa, grande, ap­ta para llenarse de esperanza y de valor en tiempos difíciles.

Cristina Abad
Cristina Abad
Periodista. Máster en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla