Inicio Noticias Actualidad del Cine Estuvimos con... Rodrigo Cortés, director de "Buried (Enterrado)"

Estuvimos con… Rodrigo Cortés, director de "Buried (Enterrado)"

«En el cine el tiempo y el espacio reales no importan, importan el tiempo y el espacio fílmicos».

Primero de todo, ¿por qué decidió trabajar con Ryan Reynolds?

Rodrigo Cortés/ Pues porque le admiro muchísimo desde hace dos años cuando vi en Sitges una película llamada The nines, de John August, que muy poca gente ha visto y que es una peli brillantísima llena de inteligencia y de opciones insensatas. Él interpreta tres papeles distintos y descubrí un actor que me dejó con la credibilidad suspendida durante hora y media, con un sentido del timing extraterrestre y con una sensibilidad actoral exquisita.

Una vez que leyó el guión de Chris Sparling, ¿cuándo vio clara la posibilidad de mantener al público en vilo duran­te hora y media?

R. C./ Mientras lo estaba leyendo. Cuando me hablaron de él me dijeron que tenían un guión que no sabían si se podría producir, que sucedía íntegramente dentro de un ataúd y dije en el acto que estaba interesado. Sonaba lo suficientemente insensato como para atraer mi atención. Las películas con premisa mínima me gustan muchísimo aunque generalmente naufragan, con excepciones como El diablo sobre ruedas, Última llamada o El ángel exterminador. Sin embargo, llegué al final sin poder creerlo diciendo “esto tiene la materia prima necesaria para poder llevar adelante ese desafío”, y desde ese mismo instante supe que quería hacer esa película.

¿Y tenía claro el final?

R. C./ Sí, el final sí, desde el primer momento, pero cómo iba a rodarla aún no lo sabía. Sabía de alguna manera que podía hacerlo, pero me excitaba mucho el hecho de que jamás se hubiera hecho nada parecido. El hecho de estar ante un guión brillante, pero que necesitaba una ejecución probablemente imposible o, como mínimo, muy improbable, era lo que más me estimulaba. La insensatez absoluta, la atracción por el abismo de enfrentarme a un desafío narrativo y técnico de esas proporciones.

Es evidente que en un espacio tan reducido, necesitaba ciertos objetos en los que apoyarse. ¿Los recursos son íntegramente del guión, o tuvo que importar algu­no más?

R. C./ Algunos necesitaron una reescritura, porque trabajé mucho para que la película pudiera evolucionar visualmente. Ahí apareció por ejemplo la linterna que falla, que al principio no estaba, o el asunto del light stick que aparecía a la mitad y yo no sabía si iba a brillar hasta el final. Necesi­taba que la película se reinventara visualmente a sí misma cada ocho minutos. Em­pie­za de una forma muy cartesiana, muy cru­da, y poco a poco comienza a moverse, a avanzar, a evolucionar, y acaba convertida en un festival frenético con la cámara al hombro, con un enorme temblor, otro tipo de montaje.

¿La película es más un reto o un experimento?

R. C./ Es que todo es un experimento con el espectador, en el sentido de que tratas de que experimente cosas. Siempre la visualicé como una película grande, desde el principio supe o percibí el guión de Chris como una gran cinta, no como una película experimental, oscura, extraña, tensa, reflexiva, introspectiva, sino como un thriller de alta tensión. Del mismo modo que puede que La soga sea un experimento a determinado nivel, pero sobre todo es una película con una narrativa fantástica, con un guión magníficamente construido y entretenido; lo mismo sucede con Naúfragos, está hecha entera en una barca en mitad del océano y nunca abandonan la barca, pero sobre todo es una película realmente interesante. Mi empeño era convertir la película en una experiencia, que el espectador abandonara la sala con dos kilos menos de peso, con el puño agarrotado, con dolor en la espalda, con la necesidad de lanzarse a la calle a tomar una bocanada de aire. Quería meterlo en los zapatos de Paul Conroy.

Ha citado como referencia dos películas de Hitchcock. ¿Qué le ha inspirado más del director, en cuanto a la progresión del thriller y la tensión?

R. C./ Sobre todo, la lección principal que uno aprende con Hitchcock, porque en eso era insuperable: el tiempo real y el espacio real no importan, importan el tiempo y el es­pacio fílmicos, lo cual me permitió abordar una probabilidad tan insensata co­mo hacer una película en una caja. Lo que conseguía Hitchcock era convertir sus películas en experiencias de una tensión insoportable y una intensidad enorme. Cuando vemos Los pájaros hoy la disfrutamos como una gran obra de cine, pero ya no vivimos la intensidad que se vivía en los 60.

Por último, ¿tiene algún proyecto más en mente?

R. C./ Estamos trabajando mucho para hacer un proyecto muy ambicioso que sería un thriller paranormal con una aproximación muy científica al género, profundizando en cómo el cerebro humano no es un instrumento fiable para percibir la realidad. Haciéndolo con el mismo modelo, desde Es­pa­ña: un proyecto internacional -con finan­cia­ción y reparto internacional- pero con un control creativo absoluto y manteniendo la autoría completa. Para mí el control creativo es la condición de todo.

Nacho Álvarez O’Dogherty


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