Cold War

Pawlikowski consolida su carrera con este drama que se asemeja en parte a su éxito Ida

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Cold War

· Como ya sucedía en Ida, pero de una forma aún más bella, porque el argumento le permite deleitarse, el cineasta polaco convierte cada plano de Cold War en una obra de arte.

Una historia de amor loco… y tristérrimo

Después de un puñado de títulos más o menos correctos, la filmografía de Pawel Pawlikowski dio un paso de gigante con Ida, la dramática historia de una novicia polaca, que le hizo ganar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2014.

Con Cold War, Pawlikowski consolida su carrera y confirma su talento para el drama. Un drama que se acerca a la tragedia. Porque, como en el caso de Ida, el cineasta polaco nos presenta una historia que respira tristeza por cada poro. Y, si en el primer caso, la crisis de identidad de una joven al conocer sus orígenes se entremezclaba con el pasado oscuro
de otro de los personajes -la tía Wanda– para dibujar un complejo y oscuro conflicto moral, aquí el planteamiento es mucho más simple, más sencillo… pero igualmente triste y desolador.

La historia de Cold War se desarrolla en un paisaje similar al de Ida. Acaba de terminar la II Guerra Mundial y un director de orquesta y una madura productora descubrirán el potencial artístico y musical de un grupo de jóvenes campesinos. Su objetivo es recuperar el folklore polaco. Un objetivo que pronto choca con el deseo soviético de “adoptar” este folklore para difundir su mensaje por la Europa Oriental. Esto es solo el paisaje de Cold War. Un paisaje que sirve para enmarcar la historia y, sobre todo, para dar el tono emotivo, dramático, nostálgico y épico a lo que en realidad se nos va a contar, que no es otra cosa que el amor loco y apasionado entre el director de orquesta y una de las cantantes del grupo. Una historia de amor que se alarga durante una década.

Con razón alguien podría acusarme de sumar adjetivos contrapuestos para definir algo que en principio tiende a ser unívoco: el tono de una película. Sin embargo, Cold War, como toda historia de amor loco que se precie, pasa por diferentes estadios. La relación de los amantes a veces fluye armoniosa, otras, se desboca o se enfría: hay pasión, hay heroísmo, pero también hay mezquindad, ira, infidelidad e incluso odio. Pawlikowski utiliza la música y las canciones para ir dando la pauta a cada uno de los estados pasionales que recorren los amantes. Lo que se nos cuenta no es ejemplar, ni equilibrado, ni siquiera racional. Es una pasión primaria que arrastra a los personajes hacia la unión y hacia la destrucción. No es ejemplar, ni esperanzador, ni edificante lo que se nos cuenta… pero la forma en la que Pawlikowski lo cuenta es magistral.

Como ya sucedía en Ida, pero de una forma aún más bella (porque el argumento le permite deleitarse), el cineasta polaco convierte cada plano en una obra de arte: los escenarios teatrales, las buhardillas parisinas, los estudios de cine, los cafés… cada escenario es fotografiado en un rotundo, elegante y expresivo blanco y negro, con un uso de
la iluminación y del encuadre realmente prodigioso.

La pareja protagonista (Joanna Kulig -como magnética, huidiza y confusa joven – y Tomasz Kot, en su papel de hombre cabal… absolutamente embrujado y alienado por el amor) consigue hacer creíble una historia que bebe de la tragedia clásica más furiosa y del drama contemporáneo más nihilista, desolador y triste. Tan triste como Ida.