Las historias de John Ford, además de míticas, son como las entrañas de una madre enamorada eternamente de sus hijos: están llenas de compasión.

Quizá una de las mayores virtudes del cine de John Ford sea su actualidad permanente. Después de tantos años, nos ha­bla hoy y siempre sobre la condición humana. Como él hiciera en sus últimas películas, al homenajear los tiempos de los pioneros en las conquistas de las tierras del Oeste, de la creación de la épica americana, con ese peculiar aire su­yo de hablar de ganancias sin obviar las pérdidas, reco­no­cemos también con melancolía que a nuestro mundo le ven­dría bien sintonizar más con su mirada.

Pese a las distancias culturales, su narrativa sigue fascinando. No solo cau­tiva la esperanza que desparrama sobre la Humanidad. Tam­bién regala juicios bien asentados en argumentos controvertidos. Porque sus historias, además de míticas, son co­mo las entrañas de una madre enamorada eternamente de sus hijos: están llenas de compasión. Como si despertaran viejos fantasmas de la memoria, los personajes del universo fordiano son los testigos privilegiados de un mundo en extinción. Al aparecer en joyas cinematográficas como The Searchers (1956) o The Man Who Shot Liberty Valance (1962), nos recuerdan qué hay de verdad y qué de mentira en la vida ordinaria de las gentes.

Ford empezó y acabó su carrera como director de westerns. Su maestría en este género lo ha convertido en el re­ferente esencial para otros directores, entre los que se en­cuentran Clint Eastwood, en el lado más convencional, y Quen­tin Tarantino, en el lado más transgresor. Fue autén­ti­co por razones de diversa índole: desde su tratamiento fo­tográfico del espacio -convertido casi siempre en una ex­pre­­sión formal de la trascendencia-, de la poesía de sus paisajes, con las angosturas de los desfiladeros y las amplitudes de las praderas, hasta la composición de cuadros donde apa­re­ce retratado su amor por los más desfavorecidos, las gen­tes de mal vivir, los huérfanos, las viudas, los desterra­dos, los emigrantes y los desposeídos, John Ford es el cineasta de las periferias.

Con su estilo espontáneo, alejado de la so­fisticación o de la pulcritud expositivas, Ford logró hacer que la vida pareciera representación y que la representación pa­reciera vida. Por ello, también sus protagonistas están con­tagiados de ese espíritu libre y auténtico con el que el mis­mo Ford se movió, haciendo incómodo el trabajo de los crí­ticos cinematográficos, de los políticos y de los produc­to­res.

Ruth Gutiérrez

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FilaSiete nº 200 - Diciembre 2019El artículo completo puede leerse en el nº 200 de FilaSiete (diciembre 2019).