La película cuenta con una bellísima pla­nificación y un montaje repleto de elip­sis formidables.

Único testigoWitness País/Año: EE.UU., 1985 Dirección: Peter Weir Guion: Earl W. Wallace, William Kelley Fotografía: John Seale Montaje: Thom Noble Música: Maurice Jarre Intérpretes: Harrison Ford, Kelly McGillis, Danny Glover, Josef Sommer, Lukas Haas Distribuidora DVD: Paramount Duración: 112 min. Público adecuado: +16 años (V-S)

Si hubiera que escoger dos secuencias de Único testigo, serían seguramente la de los baños de la estación de tren y la del pequeño Samuel Lap aterrado ante la foto en la comisaría de po­licía. Y sin em­bargo, la película de Pe­ter Weir, que sin duda contiene claves argumentales de género thriller y po­liciaco, es también y sobre todo un fil­me romántico y cos­tumbrista. En esa mez­cla eficaz resi­de la virtud del director australiano y de los guionistas, que les valió dos Os­car (mejor guion y me­jor montaje) de en­tre ocho candidaturas.

Weir es un director pausado, profun­do y sugerente -con solo trece películas en su filmografía-, especialista en insertar a sus protagonistas en mundos a los que no pertenecen, y eso es lo que ha­ce con el personaje de Harrison Ford, el inspector John Book, encarga­do de llevar el caso del asesinato de un hom­bre y de proteger al único testigo del crimen, un pequeño niño de una co­munidad amish que viaja con su ma­dre. La búsqueda de refugio del rudo Book en la comunidad religiosa nos ha de­jado una inolvidable historia de amor im­posible, elegante, sutil y cargada de ten­sión, que se resume en la escena del bai­le en el granero al son de What a won­derful world, de Sam Cooke.

La película cuenta con una bellísima pla­nificación y un montaje repleto de elip­sis formidables, la elección de la mú­si­ca sintética de Jarre expresa con acier­to la irreal atmósfera de la comuni­dad amish, contada con detalle casi do­cu­men­tal; Harrison Ford y Kelly Mc­Gillis se despliegan con todos sus ma­tices de mas­culinidad y feminidad, y el pequeño Lu­cas Hass sorprende por su na­tural expresivo, curioso y encanta­dor.