Inicio Críticas películas La casa del tejado rojo

La casa del tejado rojo [8,5]

Yôji Yamada hace poesía con un retrato familiar basado en una novela de la escritora Kyôko Nakajima, buceando una vez más en las relaciones intergeneracionales

8Dirección: Yoji Yamada Guión: Yoji Yamada, Emiko Hiramatsu Fotografía: Masashi Chikamori Montaje: Iwao Ishii Música: Joe Hisaishi Intérpretes: Takako Matsu, Haru Kuroki, Hidetaka Yoshioka, Satoshi Tsumabuki, Chieko Baishô, Takatarô Kataoka

- Anuncio -

Duración: 137 min. Distribuidora: Golem. Público adecuado: +16 años

Chiisai ouchi. Japón, 2014. Estreno en España: 10.04.2015

La vida de los otros

Después del magnífico homenaje que el octogenario cineasta Yamada rindió a su maestro Yasujirô Ozu, ofreciendo un personal remake de la magistral Cuentos de Tokio (1953), vuelve ahora a los mismos pastos para adaptar una novela que tiene en su centro de gravedad las relaciones familiares. Adapta una novela de Kyôko Nakajima, escritora recurrente en los argumentos familiares, ganadora en 2010 del Premio Naoki.

El guión nos ofrece varios niveles temporales y narrativos enlazados con bastante sencillez. El presente, definido por la vejez de Taki, la anciana tía-abuela de Takeshi. El nivel inmediatamente anterior nos cuenta cómo Takeshi lee y corrige la autobiografía que está escribiendo Taki. Y el tercer nivel, que constituye la columna vertebral del film, relata, en flashback, el contenido de esa autobiografía, es decir los años de juventud de Taki , como doncella de servicio de la familia Hirai que vive en un barrio acomodado de Tokio antes de la Segunda Guerra Mundial.

Es muy interesante preguntarse quién es la verdadera protagonista de esta película. Si el criterio es la acción dramática, la protagonista sería claramente Tokiko, la señora de la casa. Pero en realidad no es así. Yamada rinde culto a tantas mujeres como Taki cuya vida consistió -y sigue consistiendo en tantos casos- en estar a la sombra de los demás, como contrafuerte y coro de la vida de los otros. Sirviendo y amando. Esa es la blancura y bondad del personaje de Taki, tan luminosamente interpretado por Haru Kuroki que le valió el premio a la mejor actriz en el Festival de Berlín.

La película no se conforma con ofrecernos el entrañable retrato poético de un alma pura como el de Taki, sino que nos ofrece una mirada crítica sobre el Japón de entreguerras, especialmente sobre el irracional belicismo de sus dirigentes y la infravaloración social de la mujer. Pero una de las cosas más interesantes, que Yamada ya profundizó en Una familia de Tokio, es la reflexión intergeneracional. Takeshi es un chico moderno, que ha nacido en el mundo tecnológico de la hiperinformación, y le llena de perplejidad la lectura subjetiva que su tía-abuela hace de los acontecimientos históricos de los años treinta. Una mirada llena de romanticismo y pureza que choca con el cinismo de una sociedad que está de vuelta de todo.

El gran mérito de Yamada está en convertir la prosa de una historia sencilla y cotidiana en un ejercicio poético de gran altura, ensamblado con la magnífica fotografía de Masashi Chikamori y la partitura de Joe Hisaishi, el compositor habitual del maestro Miyazaki. A algunos les puede resultar discutible que en algunos flashbacks Yamada abandone el punto de vista de la narradora, licencia narrativa que parece problemática al tratarse de unos diarios. En cualquier caso, la luz artística, poética y humanista del film eclipsa cualquier sombra que un frío analista quiera encontrar.

Juan Orellana

Juan Orellana
Juan Orellana
Profesor de Narrativa Audiovisual. Escritor