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Entrevista a Alberto Fijo, autor del libro «Terrence Malick. Una aproximación»

«Hay cine de playa y cine de montaña. Terrence Malick es para montañeros, hay que entrenarse para escalar a sus películas»

Terrence Malick es uno de los di­rec­tores más admirados por los que co­nectan con su cine. También lo­gra desconcertar a otros espectadores que no comprenden sus pelícu­las. Di­rector premiado y de enorme prestigio, es uno de los grandes y eso na­die lo duda. Alberto Fijo, crítico, ana­lista y profesor de Narra­ti­va Audio­visual, lo tiene claro y ha es­crito una monografía sobre su trabajo, la más completa publicada en es­pañol y la primera que aborda el aná­lisis de toda su obra de manera sis­temática.

¿Por qué Terrence Malick?

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Alberto Fijo/ Supongo que porque es uno de los pocos directores vi­vos que cuando te preguntan a quién se parece, al final terminas res­pondiendo que se parece a sí mis­mo. Por otro lado, mi trabajo de aná­lisis fílmico y de estrategias narrativas se desarrolla por una parte en una revista especializada y por otra en la enseñanza universitaria: Ma­lick es un director de los que yo lla­mo de montaña y no de playa; hay que entrenarse para escalar a sus películas. Cuando llegas a la cum­bre, la recompensa es extraordina­ria, pero el esfuerzo no te lo quita na­die… Es un cine que me encanta es­tudiar con mis alumnos y con aficionados al buen cine.

En el libro aborda la influencia de la trayectoria vital de Terrence Malick en su propio cine. ¿Hasta qué pun­to es esto decisivo? Y, ¿en qué pe­lículas se aprecia mejor esta influen­cia?

A. F./ Me parece que cualquier di­rector que afronta lo que llamamos cine ontológico (el que concede más importancia al ser que al hacer, el que sabe ir a lo esencial) pone mu­cho de su experiencia vital en las películas qué hace. Yo creo que a Terrence Malick lo que más le gusta es pensar, preguntarse por el sentido de las cosas y de los acontecimientos. Hu­mildemente, he de confesar que a mí me ocurre igual. Las estrategias na­rrativas que usa Malick para hacer ese cine trascendental (no me ter­mina de gustar ese apelativo de Schra­der en su célebre trabajo de fin de master, luego convertido en li­bro) son singulares. No son las con­vencionales del relato procedente de la novela o el teatro, sino más bien las propias de la evocación de la poesía sinfónica o de la sinfonía poé­tica.

A diferencia de otros cineastas, Terrence Ma­lick ha decidido guardar silencio so­bre su obra: no concede entrevistas desde los años setenta y ape­nas ha hecho dos o tres apariciones en pú­blico. ¿Qué dificultades ha encontrado al escribir un li­bro sobre un «cineasta mudo»? ¿Có­mo interpreta los silencios de Ma­lick?

A. F./ Malick no es un director es­pecialmente hermético. Me parece un poco ridículo convertirlo en una especie de misántropo a la ma­nera de Salinger. Sabemos de su vi­da bastantes cosas y las cuento en el libro. Simplemente es un realizador como otros que le precedieron que quiere mantener la privacidad en su vida personal y familiar. Eso mis­mo hizo Eric Rohmer, que por cier­to no se llamaba así en la vida co­mún. Hay películas en las que Terrence Malick usa muchas experiencias per­sonales (El Árbol de la Vida y To the Wonder) y entiendes que ya ha di­cho lo que quería decir: a nadie le agrada que le pregunten por sus pa­dres o por qué no ha tenido hijos en una rueda de prensa.

Malick es un intelectual y un artista muy brillante, pero es llamativo que todos los que han trabajado con él destacan su carácter afable, cer­cano y sencillo. No es en absoluto un divo o un director con quien sea difícil trabajar. Malick, como otros grandes directores, es muy refle­xi­vo, sus historias las ha pensado durante décadas, los guiones que siem­pre escribe él mismo están muy tra­bajados. La primera experiencia de contacto con los medios en Malas tierras no fue buena o, al menos, él pen­só que las entrevistas que concedió no ayudaban especialmente al pac­to de lectura con la película. Y no volvió a dar entrevistas. No me pa­rece tan raro.

La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998)Desde Malas tierras (Badlands, 1973) hasta Song to Song (2017), el lenguaje cinematográfico, visual y sonoro, del cineasta texano ha ido evolucionando de modo sig­nificativo. ¿Podría destacar algunos rasgos importantes en esta evo­lución? ¿Piensa que el estilo frag­mentado de sus últimas pelí­cu­las puede ser visto como un sín­toma de decadencia creativa?

A. F./ Mi trabajo abarca 9 de las 10 películas de Malick. Encuentro cla­ves y estrategias narrativas que se repiten en toda su obra, aunque ob­viamente como creador Terrence Malick tie­ne una evolución.

Agradezco mucho la pregunta por­que señala la fragmentación del re­lato malickiano. Creo que obedece a una intención. El problema que al­gunos espectadores pueden tener con el cine de Malick no es un problema de Malick, es un problema del espectador: lo digo con respeto y buen humor… cuando lees un poe­ma y pretendes valorarlo como una novela o una obra de teatro, obviamente tu apreciación es no solo ne­gativa sino de desconcierto.

Más que de fragmentación yo hablaría de una estrategia de flujo de evo­caciones y de lo que podríamos lla­mar impromptus cinematográficos usan­do el concepto musical. El cine de Malick es poesía audiovisual.

Respeto, faltaría más, los juicios que puedan hacer otras personas, pe­ro lo que me fascina del cine de Ma­lick es su arrolladora poética, su des­lumbrante poder visual y esa capacidad única de su cine para crear una conexión emocional y vital con el espectador que va mucho más allá de la mera empatía y se convierte en comunión, en una experiencia de pu­rificación de la memoria.

El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011)
Jessica Chastain y Brad Pitt en una escena de El árbol de la Vida. El operador es Joerg Widmer, detrás de él, Emmanuel Lubezki y Terrence Malick.

Su libro otorga a El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011) un lugar destacado dentro de su fil­mografía. ¿Considera que esta pe­lícula marca un antes y un después en su obra? ¿Por qué?

A. F./ Me gusta llamar a El Árbol de la Vida la Quinta Sinfonía de Ma­lick, me parece una película importante en sí misma considerada. Es be­llísima y está llena de bondad y ve­racidad: la veo como una de las cum­bres de la historia del cine. Malick no solo rememora su infancia, si­no que universaliza temas que a to­dos nos tocan muy hondamente co­mo la paternidad, la maternidad, la filiación, la fraternidad, la alegría, la vida, la muerte. Me parece una película inmensa. Como señala el director de fotografía, el gran Emma­nuel Lubezki, la película responde a una estrategia de atrapar mo­mentos con la técnica de tender an­zuelos y esperar a que ocurra lo que de algún modo se ha preparado, pe­ro llega de manera inolvidable.

Se ha escrito mucho sobre el tras­fondo filosófico del cine de Ma­lick, quien estudió filosofía en Har­vard y tradujo al inglés a Mar­tin Heidegger. También se conec­tan con su obra a pensadores co­mo Thoreau y Emerson, Dos­toievs­ki, Kierkegaard o Stanley Ca­vell. ¿Podría decirse que Malick no es más que un filósofo con una cá­mara?

A. F./ Efectivamente, gran parte de la bibliografía que existe hasta aho­ra sobre Terrence Malick se centra en el es­tudio de la dimensión filosófica de su obra. Mi libro concede importancia a esta dimensión pero no olvida que lo principal es el análisis fílmico de su obra. Creo que Malick nunca ha queri­do ser un filósofo cineasta ni un ci­neasta filósofo. Malick no solo es­tudió Filosofía brillantemente en Har­vard, sino que obtuvo una beca ex­celente para hacer la tesis en Ox­ford, fue a conocer a Heidegger en la Selva Negra y… abandonó. Vuelve a Estados Unidos y da clases de filosofía en el MIT y lo deja porque no le convence ese camino. Descubre el cine en el MIT y se matricula en el Ame­rican Film Institute Conservato­ry recién inaugurado. El cine será su ma­nera de comprender el mundo.

Creo que Malick ama a Dos­toievs­ki (¿quién no?). Y pienso que des­cubrió el lado oscuro de Heide­gger y lo que ve no le gusta nada. En su cine se puede advertir cierta­men­te la presencia del Dasein y de la importancia de la experiencia vi­tal, pero Heidegger es un autor ce­rra­do a la trascendencia y Malick es un me­tafísico y abierto de par en par a lo trascendente, que no se cansa de ir y venir sobre las relaciones entre Gra­cia y naturaleza.

El Árbol de la Vida (Terrence Malick, 2011)
Jessica Chastain y Laramie Eppler rodados por Joerg Widmer (el operador ha sido el director de fotografía de A Hidden Life).

¿Qué huellas de otros cineastas ha encontrado en las películas de Malick? De todos ellos, ¿quién cree que ha marcado más su forma de hacer cine?

A. F./ Como todos los directores tie­ne muchas influencias, pero su sin­gularidad estriba en que ha asumido esas influencias de tal manera que su estilo se parece a su estilo. Me parece que más desde el punto de vista material que formal del fondo, Malick está muy cerca del más gran­de de los cineastas ontológicos y trascendentes, un genio llamado Ro­bert Bresson.

El pasado 19 de mayo se ha es­tre­nado en el Festival de Cannes A Hidden Life, el último largo­me­traje de Terrence Malick, cuyo rodaje tu­vo lugar hace más de dos años. Se trata de un drama histórico, pro­tagonizado por un objetor de con­ciencia en Austria durante los años del nazismo. ¿Piensa que es­ta película supone un giro en la filmografía de Malick o más bien plan­tea de modo distinto las preo­cupaciones de su último cine?

A. F./ En la obra de Malick hay po­cas casualidades: es un artista muy reflexivo que madura sus pelí­cu­las mucho tiempo. No es casual que el protagonista de A Hidden Li­fe fue­se ejecutado en 1943, el año en que nace Malick. Tampoco me pa­re­ce casual que el protagonista sea un campesino austríaco, un hom­bre sen­cillo, un cristiano que se opone a la maquinaria nazi, a la teo­ría del su­perhombre, a un Reich que pi­de a Martin Heidegger que sea rec­tor de la mejor universidad alema­na, Berlín. Es significativo que ese cam­pesino guillotinado por los nazis fuese beatificado por un Papa ale­mán, Ratzinger, que a los 17 años fue obligado a incorporarse en ta­reas auxiliares al ejército alemán du­rante la Segunda Guerra Mundial. Me parece que Malick ajusta cuentas con Heidegger, ese hombre tremendamente inteligente y grandísimo filósofo, que empezó estudiando teo­logía, que conocía perfectamente a Tomás de Aquino pero se empeñó en que la palabra Dios no apareciese ni una sola vez en su amplísima obra escrita.

Malick es cristiano y siempre lo ha sido (está casado con la hija del que era obispo episcopaliano de Hous­ton, cuando Malick estudiaba la secundaria con la que sería su mu­jer en un colegio diocesano). En sus películas, siempre hay un yo, un yo que tiene sentido cuando se diri­ge a un Tú.

¿Ha conocido personalmente a Terrence Malick? Si lo hiciera, ¿cuál es esa pregunta que lleva años queriendo hacerle?

A. F./ Aún no. Espero que mi li­bro ayude a conocerlo mejor en Es­paña y que una universidad con es­tudios de Comunicación le conce­da un Honoris Causa. No le haría nin­guna pregunta. Simplemente le di­ría gracias, porque su cine me ha he­cho mejor escritor, estudioso del ci­ne, profesor de narrativa fílmica… y mejor persona.


Terrence Malick. Una aproximaciónCompra aquí el libro «Terrence Malick. Una aproximación», de Alberto Fijo.