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Moneyball: Rompiendo las reglas

En la línea con las últimas grandes películas deportivas, Moneyball es un acercamiento distinto e inteligente a la trama David vs. Goliat. **** ½

Moneyball, 2011 País: EE.UU. Dirección: Bennett Miller Guión: Aaron Sorkin, Steven Zaillian Fotografía: Wally Pfister Montaje: Christopher Tellefsen Música: Mychael Danna Intérpretes: Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Seymour Hoffman, Robin Wright, Kerris Dorsey, Chris Pratt 133 m. +12 años Distribuidora: Sony Estreno: 3.2.2012

Perder y ganar

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“No sé cómo puede haber gente que no se en­tusiasme con este deporte”, dice Billy Bea­ne (Brad Pitt), el director deportivo (allí se llama más bien manager), de los Oakland’s Athletics, uno de los equipos de béis­bol de EE.UU. que tuvo que com­petir en pri­mera línea de batalla con un pre­supuesto mí­nimo. Esta historia real se en­marca den­tro de las últimas grandes pelí­culas de ci­ne de­portivo inglés y norteame­ri­cano. Mo­ney­ball, al igual que The blind side o The Dam­ned United, y en cierta medi­da también Mi­llion dollar baby, aprovecha el depor­te como me­táfora dejando la compe­ti­ción en un lugar secundario. El problema es que el béisbol es un deporte que entu­sias­ma únicamen­te a los norteamericanos, de ahí la frase de Billy Beane. Pues bien, esta pe­lícula con­sigue el milagro de que cualquier especta­dor incapaz de ver un par­tido de béisbol en­mudezca ante la épica y el al­ma de este de­porte que ya ha sido pro­tagonis­ta de otras obras maestras como El orgullo de los yan­kis, de Howard Hawks, o Cam­pos de sue­ños, de Phil Alden Ro­bin­son.

Hay una escena de la película que define el impacto de la historia. En medio del silen­cio (en la cinta hay mucho y muy inteli­gentemente utilizado), un golpeo fuerte de la bola suena con la contundencia del Big Bang, entonces Brad Pitt reacciona an­te ese sonido con un gesto de ésos que hacen inmortal a un actor. Sonido, actor, guión, puesta en escena, historia. Las cinco claves que hacen que esta orquesta suene a la perfección.

Y es que entre los músicos está el mejor guio­nista de Hollywood: Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca, Algunos hombres buenos, La red social) y un escritor de gran­des momentos, Steven Zaillian (En bus­ca de Bobby Fischer, La lista de Schind­ler). Ambos le dan a la película un tono peli­grosamente contemplativo, arriesgadísimo en un género al que el espectador exige ritmo trepidante. Pero los diálogos son inteligen­tes, vivos e ingeniosos, definen a la perfección a la pareja protagonista y utilizan con acierto a personajes secundarios que ha­cen una importante función de contratuer­ca (lo de Philip Seymour Hoffman, una vez más, es admirable: un ejemplo de có­mo ponerse al servicio de la película y no al revés; cosa llamativa en un actor tan extra­ordinariamente bueno. Quizás es uno de los motivos de su grandeza).

El tempo lento de la película funciona en­tre otras cosas porque Bennett Miller (Tru­man Capote) sabe dónde poner la cáma­ra para que hable por sí misma. Mychael Da­nna (El dulce porvenir, La tormenta de hie­lo) hace un ejercicio muy inteligente de in­tensidad musical milimétrica, que no asume toda la capacidad emocional de la escena sino que sabe acompañar al resto de la or­questa.
Sólo hay un momento en que la canción The show, interpretada por Kerris Dorsey (la niña que canta y borda el papel de la hi­ja del protagonista), ocupa un papel prin­cipal dando profundidad y perspectiva a la his­toria. La estrofa final de la canción, jun­to con la cita que abre la película, es un gran ejemplo de cómo se puede abrir y cerrar el telón de una gran historia.

La fotografía de Wally Pfister (el impres­cin­dible colaborador de toda la filmografía de los hermanos Nolan) sabe jugar con la ri­queza de los colores vivos de un estadio de fútbol y logra transmitir la magia del de­por­te en vivo. La edición de sonido también ayuda a enmarcar la afición por este de­porte con el sonido de los vestuarios (“Así suena la derrota”, dice el protagonista en una clarificadora frase), del público que se queja, estalla de emoción, calla con el eco del Big Bang, de la radio que Billy en­ciende y apaga compulsivamente.

Mención aparte merece la selección de Jo­nah Hill, un actor secundario de comedia zafia (Supersalidos, Hazme reír) que aquí no sólo aguanta el plano a Brad Pitt, si­no que modula y hace atractivo un persona­je que podía resultar odiosamente pedan­te. Aspira al Oscar.

El único peligro de la película es que la gen­te busque en ella lo que no hay, una cin­ta convencional de competición deportiva en la que el centro de la historia sea una bola de béisbol, y se encuentre con una his­toria en la que apenas se ve dicha bola ya que lo principal son personajes reales en me­dio de un dilema muy actual: el deporte co­mo arte o como negocio, la vida como una suma de dígitos o como la búsqueda de al­go que no te vendan en los supermercados. Por ahora, la película perdió 0-4 en los Glo­bos y en los Oscar tiene 6 opciones. Pe­ro, hay veces, que se gana perdiendo.

Claudio Sánchez